Interpretación con Autenticidad: ¿Por qué es importante y cómo lograrla?

La gente que hace turismo cultural y natural gusta de sentir que está asistiendo a lugares que no están contaminados por intrusiones que no corresponden a lo que lo hace auténtico, verdadero. La sensación, sabemos todos, es una ilusión que viene acompañada de emociones que pueden llegar a afectar de manera muy impactante los resultados (el logro o no) de nuestros objetivos de interpretación.

Beamish, The Living Museum of the North - Coach Tours UK
Vivir una experiencia del pasado es algo que ofrecen lugares como Beamish Museum, UK. Fotografía tomada de http://www.coachtoursuk.com/beamish-living-museum-north/.

Lo auténtico es algo que ha sido estudiado desde muchos lugares. El ámbito de las experiencias es uno de los dos grandes protagonistas. Los motivos están muy bien fundamentados por las grandes implicaciones que esto tiene en el marketing. En las últimas décadas, los clientes de miles de empresas se sienten más beneficiados y satisfechos si reciben experiencias, más que productos.

En los lugares patrimoniales, las ventajas económicas de atender a la experiencia no han pasado desapercibidas. De ahí que los lugares que tienen interpretación viva sean tan exitosos. “Vivir” un momento en el pasado, o en otra cultura es, cuando se planea cuidadosamente, un evento que por el simple hecho de denominarse experiencia (aquello que el cuerpo y la mente experimentan), se convierte en algo mucho más fácilmente memorable. 

La autenticidad tiene mucho que ver con una palabra clave: Credibilidad. Si ponemos un poco de atención, nos daremos cuenta de que todo este asunto de la autenticidad tiene un importantísimo componente sobre la percepción de alguien que puede juzgar y considerar algo auténtico – o no.

Llamó mi atención, en este sentido, un número de Legacy, la revista de la National Association for Interpretation de los Estados Unidos, que en noviembre de 2014 dedicó su número justamente a este asunto. Como antecedente, valga mencionar que en nuestra arena, la interpretación del patrimonio, hay básicamente dos oportunidades para identificar en dónde se manifiesta la autenticidad, y en ambos se pueden presentar juicios:

  1. En los objetos o los elementos que presentamos.
  2. En lo que decimos sobre esos objetos. 

Los objetos y elementos que presentamos

De la Mona Lisa de Isleworth a la del Prado: el misterio de las otras "Giocondas" de Da Vinci
La Mona Lisa ha sido una de las obras que ha generado más controversia por la existencia de más de “una” original. Imagen tomada de magnet.xataka.com.

Jon Kohl, en uno de los artículos publicados en este volumen, recuerda un episodio en el cual se encontró con un grupo indígena en Kenia. El chamán, relata Kohl, tenía con él un teléfono celular. La imagen evidentemente chocaba con una de purismo indígena o aborigen. Quien viniese de fuera podría claramente juzgar ¡esto no es auténtico!, como si las sociedades tradicionales tuvieran la obligación de vivir sin aprovechar las conveniencias del contexto en el cual viven.

La autenticidad está muy vinculada con la experiencia, con el sentir interno de estar viviendo un contexto especial, diferente. Esta noción de autenticidad puede aumentar o reforzarse cuando una persona tiene acceso a algo que es auténtico en el sentido de original, a decir, que no es una copia. El sentimiento de estar en frente de una obra maestra de algún autor clásico es distinto cuando está acompañado de la palabra “reproducción”, o “copia” del original. La idea de ver un cuadro original está acompañada con una idea de ver no solo el objeto, sino al personaje famoso detrás de ella.

Lo que decimos sobre ellos

Otra forma de experimentar autenticidad es a través de aquello que los visitantes juzgan como información de calidad. Ello tiene relación con un evento que marcó un momento importante acerca de los discursos oficiales sobre el patrimonio. En 1994, en Japón se firmó un documento (El Documento Nara sobre Autenticidad), que respondía a la preocupación ante un problema que se presentaba justamente en el ámbito de la comunicación sobre el patrimonio. 

La representación de información disponible puede ayudar a reproducir contextos arqueológicos y darles un sentido de autenticidad. Huaca Pucllana, Lima, Perú. Foto: A.Jiménez.

El documento decía: “La presentación del patrimonio cultural, en todas sus formas y períodos históricos (que podríamos referir como comunicación o interpretación), halla sus fundamentos en los valores que en cada época se atribuyen al patrimonio. Nuestra capacidad para comprender estos valores depende, en buena parte, del grado en el cual las fuentes de información sobre estos valores puedan tomarse como creíbles y verdaderas. El conocimiento y la comprensión de estas fuentes de información en relación con las características originales y las derivadas del patrimonio cultural, así como de su significado, es un requisito básico para valorar todos los aspectos de su autenticidad”.

La preocupación estaba clara: Necesitamos contar con discursos más apegados a aquello que refleja lo que sabemos sobre ellos, a aquello que hace evidente su valor.

Si en interpretación partimos del hecho de que es importante apegarnos a la información, pero comunicada de una manera eficiente y acorde con las cualidades de una buena comunicación, podemos retomar propuestas de otros expertos. Mary Buchman, en el mismo volumen, nos presenta una excelente solución que encuentra coherencia y consistencia con documentos profundamente reflexionados como el documento Nara sobre autenticidad y otro más, que es la Carta de Burra, a la cual ya hemos hecho referencia antes.

Dice nuestra autora: “El primer paso hacia la autenticidad en un sitio que interpretamos es que los intérpretes se familiaricen con las características y cualidades (yo diría valores), del lugar. Ello ayuda a tener un mejor sentido del lugar. Revisar la misión puede ayudar, y si no la hay, hacer un poco de planeación previa para rectificar sobre qué es lo que lo hace único y excepcional, para entonces, comunicarlo con todas las herramientas interpretativas que tengamos a nuestra disposición” (Cfr.). 

La solución me parece formidable: Si queremos dar a la gente un sentido de autenticidad, entonces recurramos a lo que se sabe, científicamente, sobre el bien patrimonial. Divulguemos ese contenido, porque es justamente lo que le da su personalidad, su excepcionalidad, su sentido de originalidad. La historia de cada bien, así como sus cualidades, son sus verdaderos valores, aquellos que hacen de algo único e irrepetible. Los intérpretes debemos conocer muy bien el bien, tener un buen sentido de lugar, reflexionar sobre la misión del lugar (que suele estar respaldada por la investigación del mismo).

¿Lo auténtico es realmente auténtico?

La noción de autenticidad, en la vida real, es algo altamente controversial y que al depender tanto de la percepción, como científicos, hemos de cuidar. En el artículo de Jon Kohl, encontramos cinco ámbitos conforme se puede presentar en la mente de los visitantes:

a) En el ámbito natural, aquello no tocado por el hombre; b) en el ámbito original, lo que es original en su diseño, en ser el primero de su tipo, o nunca visto por ojos humanos (no una copia o imitación); c) en el ámbito excepcional, aquello que está hecho excepcionalmente bien; d) en el ámbito de la referencia, aquello que refiere a otro contexto, y que da una imagen de inspiración acerca de la historia humana; y e) en el ámbito de la influencia, aquello que despierta la influencia hacia otras entidades, con llamados hacia una meta mayor. 

A partir de ello, nos podemos preguntar: ¿Realmente hay algo no tocado por el hombre? Tanto en ciencias naturales como en sociales, sabemos que esto es realmente alejado de la realidad. 

Algunos investigadores han llegado al extremo de referir que no existe lugar no tocado por el hombre porque el ser humano ha generado consecuencias en todos los rincones de planeta, en lo que a la naturaleza refiere. En el aspecto cultural, los antropólogos son los primeros en identificar que no existen sociedades inconexas de alguna u otra forma con el mundo moderno.

Si lo vemos de esa forma, entonces habremos de iniciar desde una plataforma más realista, pero que más que desanimar habría de provocarnos a comunicar aquello que sí es auténtico, y que es el conjunto de valores intrínsecos que tiene el patrimonio independientemente de esta noción de contaminación.

De esta manera, estaremos relevando, con apoyo en los resultados de investigación, cualidades que hacen de nuestros bienes algo auténtico no necesariamente porque no estén influenciados por la modernidad, sino porque su historia les ha dado un carácter único e irrepetible.

____________

Referencias:

Buchman, Mary (2014) “Authenticity of Interpretation. An Existencial Perspective”, en Legacy. The magazine of the National Association for Interpretation. Noviembre / Diciembre 2014, Vol. 25, Número 6, Denver: NAI, USA.

Kohl, Jon (2014) “What Is Really Real”, en Legacy. The magazine of the National Association for Interpretation. Noviembre / Diciembre 2014, Vol. 25, Número 6, Denver: NAI, USA.

UNESCO (1994) Documento de Nara sobre la Autenticidad

Mirar hacia el Patrimonio en tiempos del COVID19

Los humanos vivimos una crisis impresionante. COVID19 ha venido a cambiar nuestras plataformas económicas, nuestras rutinas sociales y aparte de los ajustes momentáneos que muchos estamos experimentando (como quedarnos en casa y todo lo que ello implica), en un futuro no muy lejano, demasiados aspectos de nuestra vida cotidiana. 

Teotihuacan cierra la visita pública los días 21 y 22 de marzo
Teotihuacan cierra sus puertas para prevenir contagio de Coronavirus en 2020. Fotografía: Diario GlobalMedia, 18 de marzo 2020.

En la redacción del diario británico The Guardian, encontré el 30 de marzo un encabezado: “Nunca podremos volver a la normalidad: ¿Cómo cambiará el Coronavirus el Mundo?”, y comienza: “Todo parece nuevo, increíble y abrumador. Al mismo tiempo, se siente como si estamos en un sueño recurrente. En cierto sentido, lo estamos (…)”. 

El Museo Louvre cierra sus puertas para evitar contagio por Coronavirus. Marzo 2020. Diario The National.

Y continúa: “…Imagina que hace algunas semanas alguien te dijera lo siguiente: Dentro de un mes, las escuelas cerrarán. Casi todas las reuniones serán canceladas. Cientos de millones de personas alrededor del mundo se quedarán sin trabajar. Los gobiernos estarán gastando los mayores paquetes de dinero en la historia por un propósito común. En algunos lugares, los propietarios no estarán colectando sus rentas, o los bancos las hipotecas, y los vagabundos tendrán permiso de hospedarse en hoteles gratis. Se realizarán experimentos en la provisión directa de ingresos básicos por parte del gobierno. Grandes áreas del mundo colaborarán, con diversos grados de coerción y a empujones, en un proyecto compartido de mantener a las personas separadas al menos por dos metros de distancia entre ellos siempre que sea posible. ¿Habrías creído lo que estabas escuchando?”

Lo que vivimos es increíble y es álgido. Pero para pensar en el lugar que ocupa el patrimonio, hemos de reconocernos en un futuro próximo. Como dice la filosofía popular: “Esto… también pasará”. En algún momento lo que estamos viviendo será parte de nuestra historia humana, y en muchos canales dejará saldos, muertes y cambios económicos y sociales en proporciones inimaginables.

Para mirar a un posible escenario, en aras de imaginar en dónde entrará nuestro patrimonio cultural y natural en escena, debemos mirar a la Historia. Tenemos muchos ejemplos, pero recordemos para un propósito muy concreto, un proceso mundialmente traumático: 31 millones de personas fallecidas en la Primera Guerra Mundial, 60 en la Segunda. Ello, en vinculación con el posterior surgimiento de una de las más grandes organizaciones promotoras de la paz y de la promoción de la conservación del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural. Posterior a la Primera Guerra, el surgimiento de la Sociedad de las Naciones, con un documento que resultó fundamental en la historia de la conservación del patrimonio cultural: La Carta de Atenas (1931). Tras la Segunda Guerra Mundial, la creación de la Organización de las Naciones Unidas, con la conformación de la UNESCO como uno de sus grandes corolarios.

Pero ¿qué fue lo que pasó? Algunos estudiosos explican que tras la desgracia en ambos casos, se hizo muy evidente la necesidad de encontrar en el ámbito global baluartes de esperanza, de tener posibilidades de ver dignamente, como humanos, hacia el futuro.

Lo que ocurrió fue que se manifestó “el principio de la esperanza” al que tanto refiere Manuel Gándara, algo que tenemos los humanos cuando reconocemos con tristeza que aparentemente todo está mal. Ello, por supuesto, ocurre en todos los niveles. Las desgracias sociales se dan en múltiples escalas y se han dado a lo largo de toda la historia de la humanidad. Lo aparentemente recurrente es que los grupos humanos en sus historias más traumáticas, casi siempre llegan a un momento en el cual, tras la desolación y la aceptación y en pleno encuentro con una nueva estabilidad tras la crisis, buscan encontrar algo que una a las personas hacia lo que, aunque tan soñador, resulta tan fundamental: Un mundo, o una vida mejor, adaptado ahora a las nuevas condiciones.

Curiosidades del mundo, Los nuevos lugares del Patrimonio Mundial
Algunos lugares Patrimonio Mundial. Fuente: https://www.dikaestudio.com/curiosidades-del-mundo/.

Si observamos lo anterior, reconoceremos tranquilamente el sentido de una de las más apreciadas definiciones de patrimonio cultural (al menos para quien esto escribe), del antropólogo Bonfil Batalla, escrita allá por los años 90 del siglo XX. En ella nos explicaba que el patrimonio cultural eran elementos “…de los que las sociedades se echan mano para enfrentar sus problemas, desde las grandes crisis, hasta los aparentemente nimios de la vida cotidiana” (Pfr.) .

Pensando en el patrimonio como baluarte de la esperanza, reconocemos que los humanos siempre buscamos renacer, pero en conjunto. Para ello suele ser útil hacer, literalmente, Historia (o reconocer, homogeneizar versiones, entender de manera colectiva lo que pasó). Ello hace que se construyan nuevos patrimonios, nuevos referentes de aquello que vivimos y que nos costó rupturas, sufrimientos y grandes sorpresas. El patrimonio une. Integra gente en ideas, en sueños de futuro, en prospectivas.

Habrá quien considere que no es momento para pensar en el patrimonio, y con justa razón. Estamos viviendo la crisis al rojo vivo. En este momento, hay muchísima gente muriendo o viviendo la muerte de seres queridos, sin poder siquiera estar con ellos. Hay gente preguntándose qué pasará con su presente y su futuro económico. Personas lidiando con un “quédate en casa” cuando esa acción implica padecer violencia doméstica, limitaciones u otros aspectos para nada de aplaudir. Hay, en corto, mucho, muchísimo miedo.

Los países tienen mucho por ocuparse en el interior de sus fronteras, y preocupantemente, quienes ayudaban a otros no tendrán para seguirlo haciendo. Se vienen problemas de pobreza más agudos de los que ya existían, con todo su corolario aparentemente inevitable. 

10 Amazing Natural World Heritage Sites - 10 Most Today
Patrimonio Mundial Natural. Great Barrier Reef, Australia. Foto: https://10mosttoday.com/10-amazing-natural-world-heritage-sites/

Por otro lado, hay gente contenta con este proceso. La utopía anticapitalista se dejó caer intempestivamente: La naturaleza tiene ahora un gran respiro porque bajaron los niveles de contaminación a nivel global; Cielos azules en ciudades donde hace años ya no era posible ver las estrellas, silencios, una reducción al máximo del uso de vehículos automotrices, convivencias con la gente cercana, madres haciendo de mamás, maestras de escuela y entrenadoras deportivas. 

Entre las cosas buenas y malas se trata de entender el momento desde distintas perspectivas. Pero ante todo ello, hoy en día, se está construyendo el futuro. El cambio que se avecina es inminente, y el patrimonio cultural y natural, una vez más, va a resurgir con fuerza. No hoy, en el momento de la crisis, que ha incluido, por cierto, una pausa a la práctica del turismo cultural en los más grandes y famoso centros de patrimonio; pero sí en algún tiempo, cuando hayamos normalizado la nueva etapa de este traumático episodio.

En ese momento, tal y como ocurrió en las Post Guerras, habremos observado la consecuencia en el ámbito ambiental, político y social. Como parte de la cualidad humana resiliente y de pensar en un futuro, el espíritu, no será de extrañarse, será uno de volver a encontrar las razones por las cuales los humanos somos algo valioso en la Tierra, y probablemente, fortaleceremos la conciencia de vulnerabilidad y de necesidad de solidaridad. 

El patrimonio global, el de representación mundial, volverá a la escena con fuerza. Mientras tanto, quienes vivimos este momento tenemos que registrar, muy conscientemente, las lecciones que nos está dejando la presencia de este virus. Tenemos que atender a la emergencia, habilitar todos nuestros posibles canales de solidaridad.

En el proceso, hacer lo que esté de nuestro lado para seguir procurando el patrimonio, comunicando su valor, porque sin duda alguna en el futuro la sociedad resurgida lo requerirá. El patrimonio cultural, en el futuro, será una de las herramientas importantes que nos ayudarán a salir de este gran momento de crisis y eso es algo que no debemos perder de vista. Los intérpretes habremos de seguir trabajando para imaginar formas, y comunicarlas, con las cuales el patrimonio pueda ayudarnos a sobrellevar de la mejor manera este difícil momento.

Referencias:

Barker, Peter C (2020) “We can’t go back to normal: How will coronavirus change the world?”, en: The Guardian, Marzo 30 de 2020. Consultado en línea: https://www.theguardian.com/world/2020/mar/31/how-will-the-world-emerge-from-the-coronavirus-crisis

Bonfil Batalla, Guillermo (1994) “Nuestro patrimonio cultural: Un laberinto de significados”, en Cama Villafranca y Rodrigo Witker (coords) Memoria del simposio: Patrimonio y política cultural para el siglo XXI, Colección Científica, INAH: México.

Cómplices de la Interpretación

La interpretación es una profesión que ayuda a la gente a conocer cuestiones interesantes y valiosas de nuestro patrimonio cultural y natural. Pero para que eso ocurra, los proyectos transitan por procesos a veces largos, por caminos no muy planos. Éstos suelen comenzar por una idea, pero para concretarse necesitan de gente que crea en ellas y que tenga posibilidad de apoyarlos.

La imagen puede contener: 2 personas
Arturo Oliveros Morales † (1937 – marzo de 2020), destacado arqueólogo mexicano, apoyó en el año 2001 el primer estudio de visitantes en un sitio arqueológico de Michoacán, con miras a realizar un innovador proyecto de interpretación del patrimonio.

En interpretación no podemos trabajar sin aliados. Aliados para contar con información de calidad, y también aliados para hacer realidad los proyectos de interpretación. Para materializarlos, para contar con discursos que se instalen y que se pongan en funcionamiento. 

En los orígenes de la nuestra profesión en el plano internacional, hubo allá por los años 50 del siglo XX un período de presentación de ideas, de propuestas, de argumentos, acerca de las posibilidades que se podían desprender si se comunicaba el patrimonio de una manera distinta a la tradicional. Estos discursos fueron emitidos por Freeman Tilden a la gente del National Park Service de los Estados Unidos, y seguramente no fue fácil ni instantáneo convencer a autoridades a implementar programas con esta orientación.

Ya pasadas las décadas de ese primer momento que derivó en que la interpretación del patrimonio sea algo incluso institucionalizado en otros países, nosotros aún tenemos que informar a la gente, autoridades y colegas, qué es, con qué se come y para qué sirve la interpretación. Así, en México, al igual que en otros países de Latinoamérica, muchos intérpretes hemos tenido que argumentar un sinnúmero de veces que esto que hacemos es algo útil y necesario.

En mi experiencia, cuando hablamos de las mieles de la estrategia, a los oídos de mucha gente la teoría suena maravillosa. Podemos encontrar sinergias, aplausos a la estrategia, empatías manifiestos en auditorios tras charlas, cursos o conferencias, y aún así habrá camino que recorrer antes de lograr la concreción de proyectos. 

Las razones terminan siendo ya un poco predecibles, aunque nunca suficientes para dejar de seguir intentándolo: La interpretación implica hacer las cosas de manera diferente, comenzando porque es preciso iniciar con planeación estratégica que es algo a lo que no muchos están habituados. También implica conocer a la audiencia, hacer estudios de público, en ambos casos con costos no solo financieros sino de tiempo. 

Por ello, animar gente a apoyar proyectos de interpretación, reconozco plenamente, termina también por ser parte de nuestro trabajo como intérpretes. Nuestra circunstancia es distinta a la de un médico, quien no tiene que convencer a sus pacientes de que haber estudiado medicina para tratarlo es algo útil y necesario para sanarlo.

Explicar lo que es nuestra profesión, sus beneficios y ejemplos exitosos, es parte de la información que debemos traer en el bosillo para presentar ante la menor provocación. Somos intérpretes del patrimonio, pero también intérpretes de la propia interpretación, siempre que buscamos enamorar a gente que tiene capacidad de decisión para apoyar en el desarrollo de programas de interpretación.

En México nuestra “campaña persuasiva” inició hace ya unos 20 años, cuando Manuel Gándara comenzó a dar cursos a estudiantes de arqueología, al tiempo que promovía la estrategia en el ámbito del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Quien esto escribe es parte de esa herencia, de ese proceso, porque fue en ese contexto cuando recibí mi primer curso en la materia.

Después, yo misma he dedicado parte de mi vida profesional no solo a conocer más, sino a promover a la interpretación ante la menor provocación, tal y como ocurrió apenas concluí mi titulación como arqueóloga, justo con una tesis sobre interpretación del patrimonio. 

Tzintzuntzan, Michoacán (México), una de las zonas arqueológicas primeras en contar con un estudio de visitantes con miras a aprovechar la información para generar un plan de interpretación. Foto: A.Jiménez, 2012.

En aquellos primeros momentos, conocí al arqueólogo José Arturo Oliveros Morales, quien era responsable de la investigación en la zona arqueológica de Tzintzuntzan, en Michoacán (México). Gracias a él tuve mi primer trabajo como arqueóloga, en un proyecto de mantenimiento menor de la zona, pero que incluyó, gracias a la apertura y apoyo del Dr. Oliveros, con un complemento hacia un proyecto de interpretación.

En ese contexto, Arturo apoyó la realización de uno de los primeros estudios de visitantes a sitios arqueológicos en la historia de nuestro país (tal vez el primero financiado por la Institución), en Tzintzuntzan, Michoacán. El estudio de público estaba inspirado en la metodología de la interpretación, que dictaba la necesidad de conocer a nuestro público antes de emitir cualquier discurso al público no especializado.

En el año 2001, Tzintzuntzan tuvo entonces su primer Estudio de Visitantes. Luego de ello, trabajamos con él en una propuesta de divulgación de la arqueología tarasca, proponiendo algunas líneas sobre los temas más representativos de la arqueología tarasca.

Por algún tiempo quedó guardado material producido por este proyecto, y algunos años después publiqué un folleto de divulgación con enfoque interpretativo – temático: “Los cinco secretos del poder tarasco”. Por supuesto, el folleto estuvo inspirado y orientado por los principios propuestos por Sam Ham en su libro  Environmental Interpretation, Making a Difference on Purpose. Todo esto fue ciertamente realizado con una intención de no abandonar el esfuerzo que habíamos hecho a través de tres temporadas de trabajo en este importante sitio arqueológico.

En un proyecto apoyado por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Michoacán y El Colegio de Michoacán, se imprimió un folleto de divulgación inspirado por los principios de Tilden y Ham, en el año 2010. Ver publicación

Para publicar el folleto, hubo que buscar otros aliados. En este caso, se trató de un financiamiento otorgado por un programa de apoyo a las culturas municipales (Pacmyc), financiado por el gobierno del Estado de Michoacán, y con el respaldo de El Colegio de Michoacán.

El producto podría verse como un proyecto pequeño, si lo vemos desde una perspectiva institucional. Sin embargo, puedo decir que fue grande en mi desarrollo personal profesional porque era la primera publicación que realizaba expresamente con esta metodología. Al final, considero a este pequeño folleto un discreto ejemplo de los logros que podemos generar si no quitamos el dedo del renglón, de seguir promoviendo y ejercitando a la propia interpretación. 

El producto final me ha llenado de satisfacciones: En varias ocasiones he encontrado gente que lo ha tenido en sus manos (incluso adultos, para quienes no estaba expresamente dirigido este folleto), y que lo ha encontrado interesante, útil, diferente. No es magia, me digo en mi interior: Es pura estrategia.

La moraleja que nos deja esta experiencia es que en interpretación no podemos imaginar que lograremos mucho si sólo caminamos solos. En la ruta hacia el avance de nuestra profesión, hemos de reconocer que al tiempo que estamos promoviendo proyectos de interpretación, estamos fortaleciendo a la profesión misma, pero que solo lo podemos lograr con el apoyo de gente que va confiando en las posibilidades de este tipo de proyectos.

Gracias Arturo, fuiste uno de los primeros en apoyar las labores sobre interpretación en sitios arqueológicos mexicanos, y ciertamente el primero en el estado de Michoacán. Ello se suma al caudal de obra y legado que quedó plasmado en libros, artículos y proyectos arqueológicos en tu campo de especialización, la muerte en el México Antiguo, a lo largo de tu vida. Descansa en Paz Arturo Oliveros Morales, entrañable Maestro.

Los peligros de hacer buena interpretación

Hacienda Montenegro, Querétaro. Foto: A.Jiménez, 2020.

La comunicación no es un acto inocente. Dependiendo de sus objetivos, puede llamar a distintos tipos de respuesta. Siempre, al menos en lo más básico que entendemos, busca provocar una reacción. De ser exitosa, puede orientar formas de pensar, y también de actuar. El problema es que siempre, sin excepción, habrá una contraparte que esté en absoluto desacuerdo con las consecuencias de ciertos discursos, sobre todo cuando se saben emitir efectivamente.

El patrimonio cultural y natural, podría decir que casi por definición, es una eterna arena de conflicto. En la forma de abordarlo, de pensarlo y de utilizarlo, hay certezas para unos que son absolutos errores y augurios de escenarios desastrosos para otros. A ello se suma que, por lo general, no hay quien no tenga una opinión sobre de éste. Científicos, empresarios, políticos, sociedad civil. 

Pensemos en un bien patrimonial, un edificio histórico, que es ante unos ojos una excelente oportunidad para compartir el patrimonio con gente de la comunidad local, cuando para otros es una posibilidad de levantar un negocio con el monumento como escenario histórico. Un debate automático que podría emerger sería quién puede llegar a tener acceso a ese bien y bajo qué condiciones, a visitarlo, a utilizarlo, a aprovecharlo. 

En otro ejemplo, para unas personas la conservación de la selva, de la flora y de la fauna que habitan en el Sureste de México es el valor más preciado, absolutamente irrenunciable, cuya destrucción no puede encontrar justificación. Para otras personas, el territorio implicado es una vía hacia el desarrollo económico y el progreso del país, y la destrucción de cientos de kilómetros llineales de territorio selvático puede llegar a ser absolutamente justificable para la construcción de una vía férrea. Ambos, pensamientos auténticamente respaldados por sus propias argumentaciones.

En la localidad de El Cubo, frente al casco de una hacienda localizada en Guanajuato (México), se construyen caminos sobre lo que era un ramal del antiguo Camino Real Tierra Adentro, destruyendo su carácter histórico. Hoy en día parte de sus habitantes está en contra de destruir el patrimonio histórico mientras que otra parte lo promueve ¿Quién tiene la razón? Foto: A.Jiménez, 2020.

Encontrar un acuerdo en el cual todas las partes estén felices acerca de los usos  y destinos del patrimonio es una utopía que, desafortunadamente y por mi experiencia en la investigación sobre patrimonio cultural, nunca va a existir. 

Lo que hay son grupos de interés que ostentan discursos que argumentan la importancia de sus formas de pensar y de actuar sobre el patrimonio. 

En ese instante, no podemos ignorar el hecho de que la comunicación, la buena y efectiva, otorga poder. Un poder que se manifiesta por el simple hecho de que ejerce influencia y puede orientar la opinión pública sobre acciones respaldadas por intereses y visiones particulares. Con ello, lo único que nos queda claro es que hablar sobre el patrimonio cultural y natural implica adoptar una postura y nunca puede disociarse de una filosofía, de un sistema de valores, de un ideal final sobre “para qué sirve” o “para qué debe existir”. 

Para comunicar el patrimonio, hemos de reconocer que la comunicación sobre sus valores no es simplemente un acto de buena voluntad que todo el mundo va a arropar aplaudiendo nuestro trabajo. Aún más, si lo que queremos es que se conserve el patrimonio, debemos tomar consciencia de las implicaciones de nuestra postura y de nuestros discursos. 

“Conservemos el patrimonio”, decimos a diestra y siniestra. Toda vez que sostenemos esa afirmación, nosotros mismos nos hemos de preguntar: Sí, conservémoslo, pero ¿para qué?. Ese paso, es uno absolutamente fundamental. Si nos detenemos un poco, sabremos que nos encontraremos en medio del enorme reto ético al cual nos estamos comprometiendo sea cual sea nuestra forma de responder. Toda vez que lo tengamos claro, sabemos a quién nos estamos afiliando, a qué grupo de pensamiento, y con qué valores nos estamos identificando. 

Cuando yo me hago esa pregunta, encuentro una automática salida hacia un idealismo o utopía, en el cual la gente vive, disfruta y quiere a su patrimonio porque le representa una posibilidad de vivir mejor, de respetar a la diversidad humana de la cual forma parte, de vigilar sus propias acciones con respecto al entorno natural. Es también una herramienta que le puede ayudar a tomar mejores decisiones como colectividad con la responsabilidad que conlleva pensar en un futuro. Futuro, por cierto, en el cual se arropa de una humildad que le permite reconocer que hay consecuencias de su actuar que van a afectar a las generaciones que hoy en día aún no nacen.

Linda película, podría parecer. Pero este punto, justamente, es uno en el cual aparecen en escena personas con pensamientos muy diferentes que eligen entender al patrimonio desde otra perspectiva. En ese momento, el instante del conflicto mayor, suele presentarse una guerra de discursos, de argumentos y de intentos persuasivos por respaldar unas u otras respuestas. 

Habrá gente dispuesta a destruir el patrimonio cultural y natural, y por ende, habrá gente en contra de cualquier discurso que vulnere sus posibilidades de uso conforme a su forma de pensar. En el otro lado, estaremos nosotros: Gente que piensa que el patrimonio puede brindar beneficios a la sociedad y al entorno, pero atentos al hecho de que reconocemos que estamos hablando de intereses económicos o políticos reales y poderosos. 

Ese es el gran peligro: Ser exitoso en nuestros discursos interpretativos nos pone en el centro de la polémica más grande, porque al conservar nuestro patrimonio estamos negando otras perspectivas de distintos grupos de personas, y que son opuestas a nuestro pensamiento. 

Este puente del siglo XVII (La Quemada, Guanajuato), es Patrimonio Mundial como parte del Camino Real Tierra Adentro. Sobre de él pasan cotidianamente vehículos de todo tipo, incluidos con pesada carga, y ese uso lo está destruyendo. Un discurso sobre su conservación haría un llamado a que se invierta en su conservación y a que se construya un camino alternativo, y con ello, un compromiso económico y político que no sabemos si las autoridades locales estarían dispuestas a adoptar. Foto: A.Jiménez, 2020.

Para ello, hemos de recordar, y de reflexionar una y otra vez, en cuáles son los motivos por los cuales se destruye nuestro patrimonio. Sabemos ciertamente que una de las causas es que la gente “no sabe lo que tiene, y por ende no lo valora”, discurso que, valga la pena recordar, es el que ha inspirado a cientos, a miles de intérpretes.

Sin embargo, no podemos ignorar otros hechos, como aquel que nos muestra que aparte de esa causa están las que ocasionan agentes sociales determinados a destruir parcial o totalmente el patrimonio en aras de lograr un beneficio más privado.

La comunicación, cuando es eficiente, da poder. El poder radica en el hecho de que se puede influir en la forma en la cual la gente piensa su entorno y actúa sobre de él. Hagámoslo consciente y aprovechémoslo para provocar en la sociedad ese cambio tan anhelado, pero siempre reconociendo que no es nuestro público el único agente que influye en el estatus quo de nuestro patrimonio, arropándonos de toma de consciencia para defender aquello que encontramos valioso por definición. Una vez que sabemos qué voz estamos buscando emitir, es preciso actuar no solamente con estrategia comunicativa, sino con claridad en la postura política que se está asumiendo, y ante todo, con valentía.

Adiós casa, voy a mi casa

Una carreta en la cual se transportaron productos a lo largo del Camino Real Tierra Adentro. Museo Guadalupe, Zacatecas. Foto: A.Jiménez, 2020.

Los humanos nos hemos movido de lugar a lugar todo el tiempo. Migrar, viajar; hacerlo con gusto, con miedo, con furia, con esperanza, con cansancio o con confort. Dejar lo que uno tiene como cotidano para buscar una nueva rutina; decir adiós y saludar a lo que viene, muy distinto de lo anterior, es algo que muchísimos humanos han vivido. 

Tal vez, incluso, tú también. Con certeza, alguien de tu familia: tus padres, tus abuelos o tus bisabuelos, quienes en algún momento de sus vidas migraron de algún lugar para establecerse en otro (¿el lugar donde naciste?), en búsqueda de una vida mejor. En el proceso, se habrán enfrentado a una enorme cantidad de retos, comenzando con aquello que les implicó conocer gente nueva, comer cosas distintas, adaptarse a lo local y aprender a desapegarse del pasado.  

Fragmento del Camino Real Tierra Adentro, que se usó durante más de 300 años para conectar la Ciudad de México con Santa Fe por la Corona Española. Imagen del Museo Guadalupe, Zacatecas.

Si me permites hablar de hechos, te diré que en el inicio y durante más del 90% de la historia de la humanidad, fuimos nómadas; en este 10% que vivimos muchos somos sedentarios y otros tantos siguen moviéndose de lugar en lugar año tras año. Aparte de eso, individuos, familias y comunidades enteras que se mueven de un lugar a otro, cambian de pueblo, de ciudad o incluso de país. 

¿Y qué tiene que ver esto con la Interpretación del Patrimonio?, seguramente te estarás preguntando. Lo que hago, es presentarte un ejemplo de algo que nos es común a todos los humanos, pero que tiene causas y desenlaces muy específicos en casos particulares. 

Esto, en gran sentido, es sumamente útil en la interpretación. Mucho leemos acerca de que debemos hacer de la información que brindamos algo relevante y significativo: Relevante porque nos ayudará a que nuestro público conecte con algo que ya sabe, que ya conoce, que ya ha vivido; significativo porque es algo que al público le importa. 

Con un poco de creatividad, y dirigido hacia un objetivo que es que la gente entienda y le importe lo que queremos decir, la comunicación sobre la importancia de objetos, por ejemplo en museos, puede ser mucho más sencilla.

El reto central al que me refiero es que habremos de tratar de entender cómo los objetos que presentaremos en una exposición (cualquiera que éste sea: un lápiz, la llanta de un coche, un espejo, una lámpara, una jarra), se relacionan con algo que todos los humanos entendemos. Además, porque son parte de las formas como estos humanos solucionan problemas o circunstancias comunes, que se presentan en la vida cotidiana. 

Así, si hablamos de estos ejemplos de arriba, un lápiz se relaciona -entre otras cosas, por supuesto-, con algo tan grande como lo es la comunicación; la llanta de un coche, con esta movilidad humana; un espejo con la imagen que tenemos de nosotros mismos; y una jarra con la posibilidad de saciar la sed. En todos los casos, con la creatividad y las posibilidades que en ese momento histórico hubo para que las personas solucionaran estas circunstancias de maneras muy particulares.

El mensaje que hay detrás de esto es, que buscaremos que imagines que dices a tu público: ¿ves a estos humanos? Ellos tenían las mismas necesidades que tú, pero para solventarlas lo hicieron de esta manera.

Aquí, entonces, hemos de centrar nuestra atención en estos conceptos, que por cierto, han sido abordados por intérpretes de distinta forma. Algunos han aludido a los “valores universales”, otros a “conceptos universales” y en general, a lo que van todas las propuestas es a decir que hay cosas que nos son comunes a todos, no importa cuándo o dónde hayamos vivido, y que nos pueden ayudar a conectar a nuestra audiencia por el simple hecho de que ellos son también humanos. 

Identificar conceptos universales suena bien, pero la verdad es que a la fecha no contamos con una fórmula para identificarlos. Pareciera como si fuera una cuestión de sentido común, pero no lo es. Existe, en el fondo, un enorme riesgo que tiene que ver con lo que los intérpretes consideran que es universal, asumiendo que todo el mundo va a entender y que a todos va a importar, pero que en realidad no es así.

Aquí va la cosa: Los intérpretes vivimos nuestra propia circunstancia histórica, y el hecho de que veamos algo todos los días puede hacer que pensemos que lo que vivimos es algo tan natural que ha existido durante todo el tiempo. Esto es algo que el arqueólogo e intérprete del patrimonio Manuel Gándara ha subrayado en distintas ocasiones. Para encontrar conceptos universales, nos enfrentamos realmente a grandes retos. 

Un Cadillac de principios del siglo XX, en el Museo Guadalupe, Zacatecas. Foto: A.Jiménez, 2020.

En términos absolutamente prácticos, imaginemos una circunstancia: Estamos con un grupo de especialistas, en un taller del cual saldrán conceptos universales que utilizaremos en nuestro programa de interpretación. Imaginemos que todo gira en torno al tema “transportes” porque tenemos una colección de medios de transporte. Comenzamos con una típica lluvia de ideas sobre posibles conceptos universales: “viajes, adaptación -a circunstancias durante el viaje y en el nuevo destino-, interacción con gente distinta, … y alguien dice las palabras “capacidad de comprar”.  En nuestra escena imaginaria, quien está registrando esta lluvia de ideas la anota para seguir con otras más. 

Se “colaron” estas palabras, diríamos en el lenguaje coloquial mexicano. ¿Por qué? Porque quienes las mencionaron son personas que viven en una sociedad habituada al intercambio monetario, y sobre todo, identifica como “normal”, “habitual” e incluso “humana” la existencia de transacciones en un esquema económico acumulativo al estilo capitalista, como el que muchos vivimos hoy en día. 

Quienes tienen conocimiento sobre historia o ciencias antropológicas, sin embargo, levantarán la mano y dirán ¡Oye, eso no es algo común a toda la humanidad: Es absolutamente contextual porque no ha ocurrido en todos lados y no ha ocurrido siempre!

Y ahí comienza la discusión. Como intérpretes, allí se centra nuestro reto. Sin lugar a dudas, es algo no resuelto, porque cada proyecto conlleva a temáticas y hace llamado a unos conceptos de manera más natural que por sobre otros. 

En Interpretación del Patrimonio, entonces, nos enfrentamos a retos tan grandes como lo son las propias inquietudes que desde el ámbito académico no encuentran una solución única.  “Adiós casa”, “voy a mi casa”, como una de las posibilidades de abordaje de temáticas como lo son el transporte y la migración porque asumimos que todos los seres humanos han tenido en algún momento de sus vidas una casa.

En ese sentido, habríamos de detenernos a reflexionar, y a conversar con nuestro equipo de trabajo, sobre los conceptos universales que hemos elegido. Lo anterior, buscando como resultado de esa reflexión -de la cual seguramente habría una discriminación de algunos de ellos-, que la mayor cantidad de seres humanos que asistieran a nuestra exposición entendieran y se sintieran atraídos por lo que les habríamos de decir en nuestra exposición.

El “para qué” en la práctica: Arranque de un Plan de Interpretación

Los programas interpretativos pueden tener múltiples razones de ser. De ser claras y específicas estas razones, sin embargo, depende el éxito de los programas. Es por ello que en la planeación de la interpretación se debe establecer un tiempo inicial obligatorio para exponerlas, dialogarlas y concertarlas, sobre todo cuando involucran a distintos grupos involucrados tanto en su financiamiento como en su proceso de producción y ejecución.

En general, sabemos que podemos resolver el tema de los alcances de los proyectos en dos niveles. El primero son las metas, que resultan ser generales y se vislumbran como algo que se resolverá en un tiempo largo. El segundo son los objetivos, mucho más específicos, acotados en un tiempo determinado y sobre todo susceptibles de ser evaluados. Por ello, derivan automáticamente indicadores y estándares, las herramientas básicas de evaluación.

Sobre los propósitos de la interpretación, en términos generales, algunos autores han realizado propuestas que engloban las distintas posibilidades de dirección de nuestros proyectos. Siempre, lo reconocemos, están determinados por condiciones específicas de los cuales emergen, lo cual los hace invariablemente imposibles de generalizar en su totalidad.

El “quién lo propone”, por ejemplo, es una de las variables que comienza a definir la personalidad del proyecto. Esto es fundamental, porque ese quién está dirigido por misiones, visiones y filosofías institucionales propias a las que debe atender. En algún otro espacio he referido a que en algunas ocasiones, sobre todo cuando parte de las actividades rutinarias de una institución es la de abrir museos o exposiciones al público, o la de generar productos de divulgación, los proyectos específicos pueden llegar a carecer de metas y objetivos concretos y se desarrollan casi de manera automática bajo los mismos que hay para todas las exposiciones de esa organización.

Así, cuando como parte de un proceso general de gestión de determinado patrimonio cultural se determina que “hay que hacer un museo con esos materiales”, la necesidad a la que se está atendiendo en múltiples ocasiones es la de la institución que tiene la obligación de hacer un museo, sin prever necesariamente metas y objetivos específicos.

Ciertamente esto no es algo que ocurra siempre, pero no deja de ser algo muy frecuente. En estos casos, lo hemos mencionado ya en otras ocasiones casi siempre que hablamos de planeación en programas interpretativos, hay que reflexionar sobre metas y objetivos concretos, posibilidades de solución a circunstancias específicas, aún si no nos lo pide quien nos está contratando.

Las preguntas de arranque son muy básicas: ¿qué aspectos puede mejorar la existencia de este programa? ¿ayuda a algún grupo de gente a algo? ¿nos puede ayudar a que la gente tome consciencia sobre un tópico que requiera atención?

En este punto, los colegas intérpretes que mucho han reflexionado sobre el asunto han llamado la atención sobre posibles grupos de metas y objetivos. El para qué de la interpretación, sus alcances, las posibilidades que ofrece, son aspectos que nos pueden ayudar a clasificar y a enriquecerlos en nuestros proyectos particulares.

Para facilitar el proceso de reflexión sobre estos dos componentes, mi sugerencia es revisarlos aprovechando las clasificaciones propuestas por algunos de los colegas intérpretes que han trabajado sobre estos aspectos. 

En el ámbito de las metas, encuentro muy útil la categorización que hace Ham (2013), quien reconoce tres grandes ámbitos: Enriquecer las experiencias, conseguir el aprecio e influir en el comportamiento. Jon Veverka, por su parte, ha propuesto desde hace tiempo una clasificación que se usa de manera bastante generalizada, que es la de tres tipos de objetivos: Los de conocimiento, los de las emociones y los de comportamiento. 

La diferencia entre ambas aproximaciones, desde mi perspectiva, radica en una cuestión fundamental, que es el punto de partida de cada una. La primera da cuenta de la intención de la interpretación y parte de un análisis ya muy concreto de sus posibilidades, porque el autor subraya en distintas partes de su libro que eso es lo que puede hacer la interpretación. Como complemento, sugiere una relación clara entre aprecio por el patrimonio y la gente. El punto de partida del segundo es el proyecto particular del cual emerge cada propuesta, no necesariamente en esta relación directa que desde otras perspectivas se entreteje con la conservación del patrimonio. Si nos remitimos a los fundamentos teórico-metodológicos de cada uno de ellos, seguramente encontraríamos argumentaciones muy contrastantes.

A la hora de redactar nuestros objetivos, entonces, y dependiendo de las particularidades de nuestro contexto particular, hemos de reflexionar por dónde argumentar nuestras directrices. ¿Existe una línea más notoria en alguno de ambos sentidos? Si no existe, ¿con cuál nos sentimos más cómodos para trabajar? ¿Podríamos manejar en nuestros proyectos un complemento de ambas? 

El listado de intenciones, a manera de lluvia de ideas, puede ser nuestro punto de arranque. El Plan de Interpretación de Pecos National Park, Glorieta Battlefield Unit New Mexico realizado por el National Park Service en 2004 me recuerda un poco este ejercicio de lluvia ida ideas, aún no jerarquizadas, cuando reviso sus 18 objetivos, de los cuales solo menciono cinco: 1) Recibir información precisa y actualizada; 2) Recibir orientación a los sitios; 3) Aprender sobre eventos y recursos incluso antes de que lleguen al parque; 4) Planear su visita con base en distintos niveles de interés, habilidades y circunstancias; 5) Involucrarse en una variedad de actividades en el sitio y fuera de él. 

La sugerencia es que a partir de una lista como ella, se trabaje objetivo por objetivo en su categoría correspondiente, y se revise con base en seis campos que propone la NAI en su manual de entrenamiento para guías, en donde cada objetivo tendría correspondencia con: 1) Tema; 2) Meta; 3) Objetivo; 4) ¿Cuál es el factor mesurable?; 5) ¿Cómo se medirá ese factor?

Pensar en los objetivos de una manera estratégica y como una verdadera guía de todo lo que desarrollamos en nuestros programas es algo que no debemos omitir. Ello puede ser la gran diferencia entre un impacto mayor y uno menguado o incluso muy opaco.

Referencias:

Brochu and Merriman (2012) NAI’s Certified Interpretive Guide Training Workbook. National Association for Interpretation, USA. 

Ham, Sam (2013) Interpretation. Making a Difference On Purpose

National Park Service (2004) Pecos National Historical Park. Glorieta Battlefield Unit New Mexico. Media Concept Plan

El secreto de los paneles exitosos

Encontrar un panel atractivo, entretenido y con información relevante es algo que siempre se agradece. Producirlo, sin embargo, es todo un reto. Esto se debe a que en el éxito del panel se involucran variables que comienzan por la más compleja de todas, que es la historia y el contexto personal, individual, de quien está frente a él. 

Panel informativo en el Rancho Las Golondrinas, alusivo al Camino Real Tierra Adentro. Nuevo México, USA. Foto: A.Jiménez (2019).

En todos los casos, hemos de partir de una premisa, y es que el público es quien decide qué hacer, cómo y cuándo hacerlo. Al momento de estar frente a nuestros dispositivos y materiales, las personas deciden todo: leerlos, utilizarlos o simplemente no hacerlo. Así, nuestro trabajo rebasa por mucho nuestro deseo de comunicar información determinada y anticipa que debemos perseguir objetivos de provocar a nuestra audiencia tanto a nuestros objetivos comunicativos globales como a otro más indispensable: que nos voltee a ver. 

Los materiales deben proporcionar la información que necesitamos comunicar, pero deben hacerlo de manera amigable, divertida, entretenida y ante todo personal. En este contexto, el panorama se hace amigable para nosotros como intérpretes cuando encontramos autores que, con ya un buen camino andado en la producción de materiales interpretativos, nos brindan consejos muy prácticos. En este post, revisaremos algunos de los propuestos por Susan Cross, de un artículo publicado en la revista de la Association for Heritage Interpretation, publicada en el Reino Unido. 

Como antesala, habremos de imaginar que cada palabra debe tener un propósito específico. Mucho se ha referido acerca de que la gente no va a un museo a leer, sino a divertirse, y de paso, a aprender. En un museo o exposición, o en general en cualquier lugar donde instalamos paneles interpretativos, hay más que hacer aparte de leer, y hay tiempos óptimos de atención que las personas dedican a aprender algo nuevo (si se sobrepasa, por ejemplo, en museos, se genera lo que ha sido referido como fatiga de museo). Si a eso añadimos que muchísimas personas no tienen el hábito de la lectura, tenemos suficientes argumentos para reconocer que hemos de seleccionar muy bien las palabras que imprimiremos, han de tener sentido y función clara y específica. Hemos de pensar de una manera muy ahorrativa, casi al extremo. Cada palabra tiene un costo, y debe estar plenamente justificada. “Haz que tus palabras trabajen”, dice Susan Cross.

La primera recomendación casi siempre, y no solamente en el ámbito de los paneles sino de todos los materiales que producimos, está en poner atención en el título. “El título es vital”, dice Susan Cross, porque permiten que el público tome por primera vez (la primera de muchísimas), si sigue estando con nosotros o si se va a otro lugar, recordemos, no solamente físicamente, sino mentalmente. 

Este panel ubicado en la zona arqueológica de Tulúm tiene información interesante para el público… ¿consideras que hay algo que podría mejorar? Foto: A.Jiménez, 2019.

Lo que en nuestra experiencia se ha hecho cada vez más evidente es que el título ha de cumplir tres funciones básicas: Llamar la atención de la gente que va pasando por ahí; provocar curiosidad por seguir leyendo, e introducir la información que queremos proporcionar. Seguir la regla máxima: usar pocas palabras, es vital. 

Una recomendación sale a colación en el tema de los títulos, y es que, a pesar de que muchas veces nos sintamos tentados a utilizar el humor, las más de las veces lo que es gracioso para unas personas puede no serlo para otras, llegando a extremos en los cuales puede ser incluso ofensivo para algún sector. Lo mismo aplica para el uso de rimas, dichos que aparentemente son de conocimiento universal y no, son totalmente culturales y con ello absolutamente limitados a un grupo de personas. Esta circunstancia hace que otro gran grupo esté excluido y peligrosamente, si también es alguien a quien queríamos dedicarle el mensaje principal, le estemos poniendo una traba para que le llegue. 

En el título se puede hacer uso de recursos diversos, y uno de ellos es el hecho de que no necesariamente debe componerse exclusivamente de palabras. De hecho, deseablemente el panel debe complementarse con una adecuada composición de imágenes y diseño gráfico, todo con un afán de reforzar lo que se quiere comunicar. Ambos: El título y la imagen, es lo primero que nuestro público verá.

Susan Cross nos recuerda algo importante sobre el siguiente elemento: Los subtítulos son importantes, y nos remiten a algo que está siempre haciendo nuestro público (por supuesto, una vez que ya tomó la decisión de continuar). Las personas, típicamente, seguirán probándonos, sondeando si vale la pena seguir o no con nosotros. Entonces, aprovechará el subtítulo para hacer una especie de escaneo, que le permitirá saber si la información sigue siendo atractiva e interesante. Los subtítulos nos ayudan a seguir provocando la curiosidad, al tiempo que van dosificando un poquito más de información.

Nuestros usuarios siempre van a agradecer las jerarquías de texto e información.

El cuerpo del panel, ahora sí, complementa y responde a las curiosidades que despertaste al inicio. Ello, sin olvidar que siempre estamos buscando la interacción -física y mental- de la audiencia. A veces queremos que voltee a ver algo, a veces que piense en algo, a veces que haga algo. Por ello, el uso de preguntas es un recurso de gran utilidad. Preguntas, valga la pena reiterar, que a la gente le interese responder y de las cuales cuente con elementos para responder. De hecho, la respuesta que se puede desprender en la mente de tu visitante puede ser la plataforma de una controversia entre sus propios pensamientos y los que podrían resultar distintos, a veces impresionantes, que son los que tú le puedes proporcionar. 

Un último comentario, también extraído del texto de nuestra autora: Hemos de asumir que la gente no leerá todo lo que escribas (claro, aunque duela), y por eso habremos de jugar con tamaños o colores de letra cuando queramos resaltar algo particularmente importante, sin abusar de este recurso por supuesto.

El tamaño del texto, para el caso de paneles exteriores, es otro tema de interés, y una de las recomendaciones más recurrentes es que tengan alrededor de 200 palabras. Cuidar la distribución, reconocer que el público continuará leyendo solo si va resultando interesante y provocador para consumir el siguiente nivel. 

De esta manera, encontramos en la producción de paneles informativos dos grandes retos: Que la gente los lea; que la gente interactúe consigo mismo y con su entorno.

Referencias:

Cross, Susan (1998) The Tip of the Iceberg, Journal of the Association for Heritage Interpretation, vol 3n no 1: January 1998. Outdoor Interpretive Panels.

Aprender es más complicado de lo que parece

Historias en arte aborigen. Museo de South Australia. Foto: A.Jiménez (2012)

Aprender algo nuevo es algo que mantiene a la gente activa, y a sentir la vitalidad al percibir el movimiento en el proceso. Los humanos siempre estamos aprendiendo, aunque a veces buscamos ese nuevo aprendizaje de una manera más consciente. 

A ello se suma una característica de nuestro tiempo. Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento, en un momento histórico en el cual estamos generando más y más información, y con ello, más conocimiento está al alcance de una mayor cantidad de gente. 

En el mismo momento, hay muchos espacios que se crean para acercar a la gente a ese conocimiento, como los museos o las exposiciones temporales. Todos estos son espacios que invitan a acercarse, a saber más, provocando este acercamiento de la gente sólo por el placer de aprender, de conocer algo nuevo. 

Sin embargo la ecuación no está completa. Sabemos bien que no basta con que exista la información y la gente, enfrentados cara a cara. Y ese punto es uno que ha llamado la atención de investigadores que dedican su vida a entender cómo es que aprende la gente algo nuevo, sobre todo a partir de una provocación al aprendizaje.

Diseñar un museo o una exposición es buscar que la gente aprenda algo. Es incitar a las personas a que abran su mente, a que dispongan de su ser para conocer algo que alguien piensa que vale la pena que se sepa. Cuando menos, esa suele ser la intención. Pero del dicho al hecho… hay mucho trecho. 

Aprender, o más bien, el aprendizaje, dista muchísimo de ser algo tan simple como eso. Algunos investigadores especialistas en pedagogía y en psicología cognitiva han hecho interesantes aportes en este sentido. Aquí va uno de ellos, que de vez en vez merece la pena recordar, sobre todo cuando tenemos la ilusión, como intérpretes, de que estamos dando un conocimiento relevador, único, auténtico y fácil de digerir. 

Gente leyendo materiales en el Museo Venustiano Carranza, CDMX. Foto: A.Jiménez 2018.

La pertinencia de esto es abrumadora, sobre todo cuando reconocemos que una enorme cantidad de programas interpretativos tienen un énfasis absoluto en la declaración de un mensaje (o statement, como podríamos referirlo en inglés), que ofrece una postura tajante acerca de un hecho o de un fenómeno; que describe y somete (o busca someter) ese conocimiento en la mente de las personas tal como se emite.

Por eso hay que recordar, siempre, que del dicho, lo que nosotros presentamos, al hecho, lo que la gente procesa en su mente, es en donde está el verdadero trecho. Falk, Dierking y Adams, autores de un artículo que se llama Living in a Learning Society: Museums and Free-choice Learning (Viviendo en una sociedad de conocimiento: Museos y Aprendizaje de libre elección), dicen, simple y llano: Cada persona tiene su propia agenda para aprender. Y no solo eso, cada aprendizaje es absolutamente contextual.

Lo que refieren aquí viene de otro texto publicado en 2008, un libro clásico llamado The Museum Experience, que explora cuáles son los elementos que intervienen en el momento de aprendizaje. Allí refieren a que lo que se aprende está completamente mediado por tres tipos de contexto: El contexto personal, el contexto social y el contexto físico de las personas. 

El modelo de aprendizaje interactivo en el museo de Falk y Dierking, 2008

A ello se suma una cuestión más, de vuelta al primero de los artículos mencionados, y es que cada quien aprende, casi siempre, aquello sobre lo que quiere aprender algo. Los autores llaman a esto un aprendizaje de libre elección, que está, dicen ellos, intrínsecamente motivado sea porque quieren o porque deben aprender tal o cual cosa. Por supuesto que en el proceso se atraviesa un montón de información, que incluye las noticias, el internet y cualquier información que venga por cualquier tipo de vía. 

Es por ello, dicen los autores, que hemos de cambiar nuestras perspectivas acerca del aprendizaje en los museos. Hay que cambiar el enfoque y sobre todo hay que entender cómo funciona el aprendizaje, y para ello, mencionan cinco características que debe cumplir cualquier investigación sobre el aprendizaje en museos:

  1. Debemos permitir que emerja la agenda individual de aprendizaje de las personas. 
  2. Hemos de incorporar el elemento de “tiempo” en el aprendizaje: Éste no tiene por qué ocurrir exactamente al momento de visitar el museo, ¡puede ocurrir mucho tiempo después!
  3. Respetar que el aprendizaje siempre está situado y es contextual (como está dibujado en el diagrama arriba).
  4. Hemos de ser abiertos al hecho de que existen muchas posibilidades de aprendizaje con base en un solo programa. 
  5. (Hablando en términos de investigación), hemos de enfocarnos más en la validez que en la viabilidad. 

¿A qué nos lleva todo esto?

Nosotros, como intérpretes, hemos de ser muy conscientes de que cada persona va a llevar algo cualitativamente distinto de lo que nosotros preparemos para ellos. Sin embargo, esta circunstancia no nos ha de merecer una suerte de pesimismo al grado de pensar que no vamos a llegar a ningún lado por más que planeemos bien nuestra receta comunicativa.

Al contrario: El cambio, pienso yo, está más bien en el tipo de objetivos que nos planteamos al momento de presentar la información. Cobra sentido dejar de pretender que la gente va a pensar como nosotros queremos que piense; pero tal vez sí podemos pretender que queremos que la gente reflexione sobre algo, permitiéndonos reconocer que cada quien sacará sus propias conclusiones. 

Esta es una posibilidad, entre otras que se nos pueden ir acercando conforme vamos experimentando en la planeación de la interpretación. 

Referencias

Falk, John H; Lynn D. Dierking; Marianna Adams “Chapter nineteen. Living in a Learning Society: Museums and Free-choice Learning”

La interpretación une a las personas

Cada pedazo del patrimonio cultural tiene (al menos), una historia para contar. Cada historia es más, especialmente, relevante, para unas personas que para otras. Por eso, dicen por ahí, existen distintos niveles de patrimonio, que van desde el que tienen grupos de gente pequeños hasta los que relacionan historias nacionales, internacionales o mundiales.

Fotografía presentada en panel interpretativo, publicado en el Museo de Arte Textil en Cusco. Foto: A.Jimenez, 2019

El patrimonio cultural, en todos los casos, tiene una función fundamental: une personas. Y las une a través de los lazos que esas historias hacen porque dan claridad sobre varias cosas. Puede ser un pasado común, una historia compartida o incluso pensamientos coincidentes sobre cualquier tipo de temática.

El patrimonio está de un lado, y la gente del otro. No pasará mucho tiempo antes identifiques que el punto mágico de contacto entre uno y otro es lo que se dice acerca del patrimonio y la forma en que quien recibe esa información la incorpora en sus pensamientos.

Si además de ello, reflexionamos un poco acerca de que lo que pensamos sobre el patrimonio cultural es un auténtico reflejo de cómo nos relacionamos con la gente con quien vivimos,  o cómo imaginamos el pasado y el futuro, entonces comenzaremos a prestar todavía más atención en esto que se llama “discurso sobre el patrimonio cultural”.

La relación que tenemos con nuestro patrimonio cultural es súper interesante, y pensar en qué es lo que más nos importa de este patrimonio nos puede ayudar a entender cosas tan importantes como por qué últimamente tendemos más hacia el individualismo que hacia el fortalecimiento de las colectividades, o por qué no actuamos realmente ante fenómenos como el cambio climático como sociedad.

Los intérpretes reconocemos, en nuestra mayoría, cuán importante es hacer crecer y fortalecerse los vínculos que la gente tiene con los objetos que hablan de su pasado, de su historia, y de los pensamientos colectivos que nos pueden ayudar a vivir mejor. Dicho de otra forma, nos importa demasiado visibilizar las historias que estos objetos tienen para contar, ante los ojos de quienes, sin saberlo, son parte de esa historia. 

Así que si, por un lado, tenemos los objetos del patrimonio; y por el otro, las historias (que han sido recuperadas o esperan ser recuperadas a través de un montón de formas), en medio tenemos los puentes que podemos crear entre unos y otros, en los cuales la comunicación, la interpretación, tiene todo que ver.

Más sobre unión a través del patrimonio: En la fotografía, un grupo de personas a quienes se nos compartió un discurso sobre la Primera Guerra Mundial en Reims, Francia. La empatía fue uno de los resultados, y la suma de todos los presentes al rechazo por todo lo ocurrido. Fotografía: A.Jimenez, 2018.

A veces los objetos existen, y las historias también… ¡pero nadie las conoce! (o no las conoce a quien podría -e incluso debería- importarle). La diferencia entre conocer y no conocer esas historias, por parte de la gente, puede ser tan importante porque allí sumamos otro punto más: El patrimonio que no se conoce se ignora, no se valora, y sí, tiene grandes posibilidades de destruirse sin que nadie diga ni “pío”.

Si recordamos a Tilden en una de sus más famosas frases que se ha parafraseado como “no se puede conservar lo que no se quiere y no se puede querer lo que no se entiende”, nos comenzaremos a adentrar en el mundo de la importancia de comunicar las historias que resguarda el patrimonio. En cierto sentido, yo he pensado en muchas ocasiones que lo que estamos haciendo los intérpretes es como volverle a entregar, pero de una forma diferente, algo que ya tiene (a su patrimonio). Es una entrega más consciente, que puede llegar a cargarse de significados, de revelaciones porque la gente ve su entorno de una manera diferente después de que le hemos comunicado algo en particular sobre ese elemento. 

Si hacemos un buen trabajo, lo que estamos comunicando es algo que conecta a una persona o a un grupo de personas con los objetos desde una perspectiva personal, interesante y significativa. Si hicimos un trabajo previo, revisamos cuáles son los puntos de unión que previamente tenía esa persona o ese grupo de personas con ese patrimonio, reforzaremos vínculos preexistentes (cuando estos ayudan a que el patrimonio se conserve),  y sorprenderemos con otros e integraremos a esos elementos patrimoniales en el conjunto de “cosas importantes” que tiene para sí.

Un reconocido antropólogo, Guillermo Bonfil Batalla, definió por los años 90 al patrimonio cultural como “un conjunto de elementos (…) de los que las sociedades echan mano para resolver sus problemas, desde las grandes crisis hasta los más nimios de la vida cotidiana”. El patrimonio sirve para algo, de hecho para muchas cosas, pero una de las que más me llama la atención es que cuando está bien asimilado por la gente, se convierte en parte del “equipo de emergencia” que las personas resguardan con gran recelo para cuando apremie una necesidad.

Los discursos sobre patrimonio cultural no tienen que ser sobre objetos majestuosos. A veces, éstos pueden remitir a momentos muy coloquiales que han vivenciado las personas en un pasado reciente. Recuperar memorias de ancianos, por ejemplo, y divulgarlas, es algo que también puede unir a las personas que viven en ese entorno. Morelia. Fotografía: A.Jiménez (2018).

Sin embargo, para que estos objetos, conjuntos de objetos o elementos se conviertan en ello, necesitamos siempre trabajar para que la sociedad los tenga muy presentes: Para que los valore, los cuide, los procure aún cuando no está inmerso en una gran crisis. De esta manera, el conocer (o el propiciar que se conozcan) las historias que el patrimonio tiene para contarle a su gente, es una actividad que debe realizarse cotidianamente.

Es algo que también debe animar a la gente a explorar su entorno, a identificar sus propios patrimonios, y una vez identificado, a buscar formas de que estas personas sean conscientes de por qué son importantes y significativos para su gente. 

Las diferentes formas de conocer el patrimonio (por la vía de la investigación o por la vía de la tradición oral) son una de las partes fundamentales; pero la otra, la de la comunicación de estos hallazgos, es algo en lo cual los intérpretes tenemos mucho por hacer.

La interpretación puede ayudar, entonces, a que el patrimonio cultural cumpla con una de sus principales razones de ser, que es unir a la gente en historia y en pensamientos para proyectar un futuro mucho más reflexivo.

¿Por qué ciertos textos son TAN aburridos?

¿Alguna vez fuiste a un museo de historia o de arqueología, con ganas de aprender algo? ¿Entraste a la sala de exposición, leíste con curiosidad un panel donde venía un texto escrito para el público y… te desenganchaste al instante? El aburrimiento en los textos que lees o en los audios que escuchas puede tener una explicación, e identificar cómo se hace un texto aburrido podría salvar a tus proyectos.

Panel introductor al sitio arqueológico de Palenque, Chiapas. Foto: A.Jiménez (2019)

Los textos que con frecuencia encontramos en museos, exposiciones y sitios arqueológicos responden a alguno de tres niveles de información. De cuál sea el elegido (a propósito o sin querer), y del orden en el cual presentes lo que sabes de cada nivel, depende un poco el grado de interés con que la gente reacciona al leerlos, y esto es una cuestión muy fácil de identificar, en donde el más básico es el más aburrido y el más elevado es el que acerca más la atención y la curiosidad de quien nos lee.

Si recuerdas alguno de los posts anteriores, en donde he hablado de que las personas sentimos curiosidad por la vida de otros humanos, identificarás que ahí está la guía de lo que escribimos aquí. El objetivo será, para encontrar un texto más “interesante”, en ayudar a la gente a saber cómo vive o cómo vivía una persona o un grupo de gente en el pasado. 

Imaginemos, para ello, que nos encontramos en el sitio arqueológico de Palenque, en Chiapas, y en un de repente (¡flash!: Un repentino viaje al pasado), podemos ver lo que pasaba. Pasaremos entonces a experimentar, nosotros mismos, tres episodios.

El Palacio, Palenque, Chiapas. Foto: A.Jiménez (2019)

Cuando abrimos los ojos y el resto de nuestros sentidos comenzamos a apreciar una cierta realidad. Allí nos hacemos una pregunta que nuestra mente comienza a responder: ¿Qué vemos? Y así, sin mayor análisis, comenzamos a describir. Vemos un edificio que tiene cierta altura, cierto grosor, vemos gente caminando, especialistas en distintos oficios; caminamos un poco y encontramos personas dándole mantenimiento a los espacios que son incansablemente invadidos por la selva, escuchamos a los monos saraguatos, a los pájaros, vemos iguanas y muchísimas cosas más. En un lugar encontramos cierta evidencia de que allí hicieron un evento muy fastuoso, tal vez escuchamos a alguien que hablaba de ese evento que ocurrió en su pasado. 

Esta cédula (removida temporalmente por cuestiones de investigación en esta área), da cuenta de una de las funciones de El Palacio, que es la entronización de sus gobernantes. Foto: A.Jiménez (2019).

Nuestra mente está reconociendo, y si comenzamos a hablar acerca de lo que vemos, estaremos describiendo. Acto seguido, escribimos un texto como el que a veces encontramos en estos lugares, y que dice: “La Casa de Ascención al Poder fue el recinto donde se entronizaron los gobernantes de la ciudad a partir del reinado de Pakal II (…) Este edificio contiene también los restos mejor conservados de pintura mural en Palenque, como la decoración de flores en el exterior”

En nuestra mente, o si hubiéramos hecho un primer esbozo de reporte para la gente de nuestro presente, habríamos hecho un trabajo bueno, al responder a una pregunta de tipo “¿Qué es lo que estoy viendo?”.

La mayoría de los textos en arqueología, que son utilizados para presentar al público lo que vemos, llegan hasta éste, que podríamos considerar el primer nivel… Pero pensemos… ¿Qué pasa cuando quienes escuchamos o leemos información recibimos solo descripciones? ¿No se parece a algo así como… me estás diciendo algo que ya estoy viendo?  

Importante, sí es, saber qué es lo que hubo o hay allí, pero allí no para la cosa. En este hipotético viaje al pasado, ¿qué pasaría en tu mente en el siguiente instante, después de que has visto lo que hay? Bien, pues ese es justo el siguiente nivel de pregunta: ¿Para qué hicieron todas esas cosas? Y es ese nivel en el que es necesario hacer un poco más que describir. 

Quienes encomendaron la fabricación de este edificio lo hicieron, probablemente, para mostrar y perpetuar su poder, o para rendir culto a sus deidades, y en cuanto comenzamos a hablar de esas cosas la información ya casi deja de ser tan ajena, porque la gente se comienza a vincular con algo que nos es común, y que son las necesidades humanas y los motores de muchas acciones que ocurren en nuestras sociedades contemporáneas. 

Vista desde El Palacio hasta el Templo de las Inscripciones en Palenque. Foto: A.Jiménez (2019).

De ahí que algunos tipos de cédulas se puedan mejorar solamente cambiando el enfoque de la información que se presenta. ¿Qué tal si, dándole un poco la vuelta, esta información se plantea como una que nos habla del para qué? Por ejemplo, en el Templo de las Inscripciones, en donde sepultaron al gobernante más famoso del lugar, Pakal II. ¿Qué tal si tratamos de responder a una pregunta del tipo “¿para qué hicieron el templo?” Aquí sabemos, en el recorrido al sitio, que el monumento fue construido para albergar el cuerpo de este gran personaje, cuestión que acerca mucho más el interés de las personas.

A pesar de que la respuesta a la segunda pregunta (o este segundo nivel) llena de interés a la gente, la tercera puede escalarlo aún más. Imaginemos, claro, que sabemos que ese edificio tuvo esa razón de ser, pero nuestra inquietud y el misterio aún permanecen: ¿Por qué la gente maya de Palenque haría algo así? ¡Ahhh! ¡Ahí está la cuestión! Ese es el momento en el cual todos los conocimientos que tenemos acerca de la cosmovisión (o lo que es similar, de la forma de ver el mundo, la vida y la muerte), cobra total relevancia. Es también donde lo que sabemos sobre organización social, vida cotidiana, la relación que tuvieron con la selva, su gran capacidad para observar el cielo aparecen.

Es entonces en donde los intérpretes pueden hablar de cómo pensaba la gente, de cómo eran las creencias y sobre todo de cómo esas creencias ponían en un lugar tan increíblemente especial a una persona. Es también el momento en el cual cobra sentido que toda la población trabajara para venerar en vida y en muerte, al punto de convertirlo en una más de sus deidades, a una persona que en algún momento estuvo entre los vivos. Y finalmente, de cómo, gracias a todo ello, decidieron construir ese edificio colosal.

Ahora bien, en interpretación, la magia viene en contar todo al revés: Podemos comenzar explicando cuál interesante es esta forma de pensar (¿para qué?), para continuar respondiendo cómo lo solucionaron, y después irnos al detalle de la descripción. Con este cambio, tal vez podremos hacer más comprensible lo que los visitantes ven, contando la historia justamente al revés de como se fue descubriendo en la realidad. 

De otra forma, quedándonos en la descripción, podemos correr el riesgo de generar textos aburridos y monótonos, que no den cuenta de lo divertido e interesante que es conocer a nuestra diversidad cultural.