Los peligros de hacer buena interpretación

Hacienda Montenegro, Querétaro. Foto: A.Jiménez, 2020.

La comunicación no es un acto inocente. Dependiendo de sus objetivos, puede llamar a distintos tipos de respuesta. Siempre, al menos en lo más básico que entendemos, busca provocar una reacción. De ser exitosa, puede orientar formas de pensar, y también de actuar. El problema es que siempre, sin excepción, habrá una contraparte que esté en absoluto desacuerdo con las consecuencias de ciertos discursos, sobre todo cuando se saben emitir efectivamente.

El patrimonio cultural y natural, podría decir que casi por definición, es una eterna arena de conflicto. En la forma de abordarlo, de pensarlo y de utilizarlo, hay certezas para unos que son absolutos errores y augurios de escenarios desastrosos para otros. A ello se suma que, por lo general, no hay quien no tenga una opinión sobre de éste. Científicos, empresarios, políticos, sociedad civil. 

Pensemos en un bien patrimonial, un edificio histórico, que es ante unos ojos una excelente oportunidad para compartir el patrimonio con gente de la comunidad local, cuando para otros es una posibilidad de levantar un negocio con el monumento como escenario histórico. Un debate automático que podría emerger sería quién puede llegar a tener acceso a ese bien y bajo qué condiciones, a visitarlo, a utilizarlo, a aprovecharlo. 

En otro ejemplo, para unas personas la conservación de la selva, de la flora y de la fauna que habitan en el Sureste de México es el valor más preciado, absolutamente irrenunciable, cuya destrucción no puede encontrar justificación. Para otras personas, el territorio implicado es una vía hacia el desarrollo económico y el progreso del país, y la destrucción de cientos de kilómetros llineales de territorio selvático puede llegar a ser absolutamente justificable para la construcción de una vía férrea. Ambos, pensamientos auténticamente respaldados por sus propias argumentaciones.

En la localidad de El Cubo, frente al casco de una hacienda localizada en Guanajuato (México), se construyen caminos sobre lo que era un ramal del antiguo Camino Real Tierra Adentro, destruyendo su carácter histórico. Hoy en día parte de sus habitantes está en contra de destruir el patrimonio histórico mientras que otra parte lo promueve ¿Quién tiene la razón? Foto: A.Jiménez, 2020.

Encontrar un acuerdo en el cual todas las partes estén felices acerca de los usos  y destinos del patrimonio es una utopía que, desafortunadamente y por mi experiencia en la investigación sobre patrimonio cultural, nunca va a existir. 

Lo que hay son grupos de interés que ostentan discursos que argumentan la importancia de sus formas de pensar y de actuar sobre el patrimonio. 

En ese instante, no podemos ignorar el hecho de que la comunicación, la buena y efectiva, otorga poder. Un poder que se manifiesta por el simple hecho de que ejerce influencia y puede orientar la opinión pública sobre acciones respaldadas por intereses y visiones particulares. Con ello, lo único que nos queda claro es que hablar sobre el patrimonio cultural y natural implica adoptar una postura y nunca puede disociarse de una filosofía, de un sistema de valores, de un ideal final sobre “para qué sirve” o “para qué debe existir”. 

Para comunicar el patrimonio, hemos de reconocer que la comunicación sobre sus valores no es simplemente un acto de buena voluntad que todo el mundo va a arropar aplaudiendo nuestro trabajo. Aún más, si lo que queremos es que se conserve el patrimonio, debemos tomar consciencia de las implicaciones de nuestra postura y de nuestros discursos. 

“Conservemos el patrimonio”, decimos a diestra y siniestra. Toda vez que sostenemos esa afirmación, nosotros mismos nos hemos de preguntar: Sí, conservémoslo, pero ¿para qué?. Ese paso, es uno absolutamente fundamental. Si nos detenemos un poco, sabremos que nos encontraremos en medio del enorme reto ético al cual nos estamos comprometiendo sea cual sea nuestra forma de responder. Toda vez que lo tengamos claro, sabemos a quién nos estamos afiliando, a qué grupo de pensamiento, y con qué valores nos estamos identificando. 

Cuando yo me hago esa pregunta, encuentro una automática salida hacia un idealismo o utopía, en el cual la gente vive, disfruta y quiere a su patrimonio porque le representa una posibilidad de vivir mejor, de respetar a la diversidad humana de la cual forma parte, de vigilar sus propias acciones con respecto al entorno natural. Es también una herramienta que le puede ayudar a tomar mejores decisiones como colectividad con la responsabilidad que conlleva pensar en un futuro. Futuro, por cierto, en el cual se arropa de una humildad que le permite reconocer que hay consecuencias de su actuar que van a afectar a las generaciones que hoy en día aún no nacen.

Linda película, podría parecer. Pero este punto, justamente, es uno en el cual aparecen en escena personas con pensamientos muy diferentes que eligen entender al patrimonio desde otra perspectiva. En ese momento, el instante del conflicto mayor, suele presentarse una guerra de discursos, de argumentos y de intentos persuasivos por respaldar unas u otras respuestas. 

Habrá gente dispuesta a destruir el patrimonio cultural y natural, y por ende, habrá gente en contra de cualquier discurso que vulnere sus posibilidades de uso conforme a su forma de pensar. En el otro lado, estaremos nosotros: Gente que piensa que el patrimonio puede brindar beneficios a la sociedad y al entorno, pero atentos al hecho de que reconocemos que estamos hablando de intereses económicos o políticos reales y poderosos. 

Ese es el gran peligro: Ser exitoso en nuestros discursos interpretativos nos pone en el centro de la polémica más grande, porque al conservar nuestro patrimonio estamos negando otras perspectivas de distintos grupos de personas, y que son opuestas a nuestro pensamiento. 

Este puente del siglo XVII (La Quemada, Guanajuato), es Patrimonio Mundial como parte del Camino Real Tierra Adentro. Sobre de él pasan cotidianamente vehículos de todo tipo, incluidos con pesada carga, y ese uso lo está destruyendo. Un discurso sobre su conservación haría un llamado a que se invierta en su conservación y a que se construya un camino alternativo, y con ello, un compromiso económico y político que no sabemos si las autoridades locales estarían dispuestas a adoptar. Foto: A.Jiménez, 2020.

Para ello, hemos de recordar, y de reflexionar una y otra vez, en cuáles son los motivos por los cuales se destruye nuestro patrimonio. Sabemos ciertamente que una de las causas es que la gente “no sabe lo que tiene, y por ende no lo valora”, discurso que, valga la pena recordar, es el que ha inspirado a cientos, a miles de intérpretes.

Sin embargo, no podemos ignorar otros hechos, como aquel que nos muestra que aparte de esa causa están las que ocasionan agentes sociales determinados a destruir parcial o totalmente el patrimonio en aras de lograr un beneficio más privado.

La comunicación, cuando es eficiente, da poder. El poder radica en el hecho de que se puede influir en la forma en la cual la gente piensa su entorno y actúa sobre de él. Hagámoslo consciente y aprovechémoslo para provocar en la sociedad ese cambio tan anhelado, pero siempre reconociendo que no es nuestro público el único agente que influye en el estatus quo de nuestro patrimonio, arropándonos de toma de consciencia para defender aquello que encontramos valioso por definición. Una vez que sabemos qué voz estamos buscando emitir, es preciso actuar no solamente con estrategia comunicativa, sino con claridad en la postura política que se está asumiendo, y ante todo, con valentía.

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