El “para qué” en la práctica: Arranque de un Plan de Interpretación

Los programas interpretativos pueden tener múltiples razones de ser. De ser claras y específicas estas razones, sin embargo, depende el éxito de los programas. Es por ello que en la planeación de la interpretación se debe establecer un tiempo inicial obligatorio para exponerlas, dialogarlas y concertarlas, sobre todo cuando involucran a distintos grupos involucrados tanto en su financiamiento como en su proceso de producción y ejecución.

En general, sabemos que podemos resolver el tema de los alcances de los proyectos en dos niveles. El primero son las metas, que resultan ser generales y se vislumbran como algo que se resolverá en un tiempo largo. El segundo son los objetivos, mucho más específicos, acotados en un tiempo determinado y sobre todo susceptibles de ser evaluados. Por ello, derivan automáticamente indicadores y estándares, las herramientas básicas de evaluación.

Sobre los propósitos de la interpretación, en términos generales, algunos autores han realizado propuestas que engloban las distintas posibilidades de dirección de nuestros proyectos. Siempre, lo reconocemos, están determinados por condiciones específicas de los cuales emergen, lo cual los hace invariablemente imposibles de generalizar en su totalidad.

El “quién lo propone”, por ejemplo, es una de las variables que comienza a definir la personalidad del proyecto. Esto es fundamental, porque ese quién está dirigido por misiones, visiones y filosofías institucionales propias a las que debe atender. En algún otro espacio he referido a que en algunas ocasiones, sobre todo cuando parte de las actividades rutinarias de una institución es la de abrir museos o exposiciones al público, o la de generar productos de divulgación, los proyectos específicos pueden llegar a carecer de metas y objetivos concretos y se desarrollan casi de manera automática bajo los mismos que hay para todas las exposiciones de esa organización.

Así, cuando como parte de un proceso general de gestión de determinado patrimonio cultural se determina que “hay que hacer un museo con esos materiales”, la necesidad a la que se está atendiendo en múltiples ocasiones es la de la institución que tiene la obligación de hacer un museo, sin prever necesariamente metas y objetivos específicos.

Ciertamente esto no es algo que ocurra siempre, pero no deja de ser algo muy frecuente. En estos casos, lo hemos mencionado ya en otras ocasiones casi siempre que hablamos de planeación en programas interpretativos, hay que reflexionar sobre metas y objetivos concretos, posibilidades de solución a circunstancias específicas, aún si no nos lo pide quien nos está contratando.

Las preguntas de arranque son muy básicas: ¿qué aspectos puede mejorar la existencia de este programa? ¿ayuda a algún grupo de gente a algo? ¿nos puede ayudar a que la gente tome consciencia sobre un tópico que requiera atención?

En este punto, los colegas intérpretes que mucho han reflexionado sobre el asunto han llamado la atención sobre posibles grupos de metas y objetivos. El para qué de la interpretación, sus alcances, las posibilidades que ofrece, son aspectos que nos pueden ayudar a clasificar y a enriquecerlos en nuestros proyectos particulares.

Para facilitar el proceso de reflexión sobre estos dos componentes, mi sugerencia es revisarlos aprovechando las clasificaciones propuestas por algunos de los colegas intérpretes que han trabajado sobre estos aspectos. 

En el ámbito de las metas, encuentro muy útil la categorización que hace Ham (2013), quien reconoce tres grandes ámbitos: Enriquecer las experiencias, conseguir el aprecio e influir en el comportamiento. Jon Veverka, por su parte, ha propuesto desde hace tiempo una clasificación que se usa de manera bastante generalizada, que es la de tres tipos de objetivos: Los de conocimiento, los de las emociones y los de comportamiento. 

La diferencia entre ambas aproximaciones, desde mi perspectiva, radica en una cuestión fundamental, que es el punto de partida de cada una. La primera da cuenta de la intención de la interpretación y parte de un análisis ya muy concreto de sus posibilidades, porque el autor subraya en distintas partes de su libro que eso es lo que puede hacer la interpretación. Como complemento, sugiere una relación clara entre aprecio por el patrimonio y la gente. El punto de partida del segundo es el proyecto particular del cual emerge cada propuesta, no necesariamente en esta relación directa que desde otras perspectivas se entreteje con la conservación del patrimonio. Si nos remitimos a los fundamentos teórico-metodológicos de cada uno de ellos, seguramente encontraríamos argumentaciones muy contrastantes.

A la hora de redactar nuestros objetivos, entonces, y dependiendo de las particularidades de nuestro contexto particular, hemos de reflexionar por dónde argumentar nuestras directrices. ¿Existe una línea más notoria en alguno de ambos sentidos? Si no existe, ¿con cuál nos sentimos más cómodos para trabajar? ¿Podríamos manejar en nuestros proyectos un complemento de ambas? 

El listado de intenciones, a manera de lluvia de ideas, puede ser nuestro punto de arranque. El Plan de Interpretación de Pecos National Park, Glorieta Battlefield Unit New Mexico realizado por el National Park Service en 2004 me recuerda un poco este ejercicio de lluvia ida ideas, aún no jerarquizadas, cuando reviso sus 18 objetivos, de los cuales solo menciono cinco: 1) Recibir información precisa y actualizada; 2) Recibir orientación a los sitios; 3) Aprender sobre eventos y recursos incluso antes de que lleguen al parque; 4) Planear su visita con base en distintos niveles de interés, habilidades y circunstancias; 5) Involucrarse en una variedad de actividades en el sitio y fuera de él. 

La sugerencia es que a partir de una lista como ella, se trabaje objetivo por objetivo en su categoría correspondiente, y se revise con base en seis campos que propone la NAI en su manual de entrenamiento para guías, en donde cada objetivo tendría correspondencia con: 1) Tema; 2) Meta; 3) Objetivo; 4) ¿Cuál es el factor mesurable?; 5) ¿Cómo se medirá ese factor?

Pensar en los objetivos de una manera estratégica y como una verdadera guía de todo lo que desarrollamos en nuestros programas es algo que no debemos omitir. Ello puede ser la gran diferencia entre un impacto mayor y uno menguado o incluso muy opaco.

Referencias:

Brochu and Merriman (2012) NAI’s Certified Interpretive Guide Training Workbook. National Association for Interpretation, USA. 

Ham, Sam (2013) Interpretation. Making a Difference On Purpose

National Park Service (2004) Pecos National Historical Park. Glorieta Battlefield Unit New Mexico. Media Concept Plan

El secreto de los paneles exitosos

Encontrar un panel atractivo, entretenido y con información relevante es algo que siempre se agradece. Producirlo, sin embargo, es todo un reto. Esto se debe a que en el éxito del panel se involucran variables que comienzan por la más compleja de todas, que es la historia y el contexto personal, individual, de quien está frente a él. 

Panel informativo en el Rancho Las Golondrinas, alusivo al Camino Real Tierra Adentro. Nuevo México, USA. Foto: A.Jiménez (2019).

En todos los casos, hemos de partir de una premisa, y es que el público es quien decide qué hacer, cómo y cuándo hacerlo. Al momento de estar frente a nuestros dispositivos y materiales, las personas deciden todo: leerlos, utilizarlos o simplemente no hacerlo. Así, nuestro trabajo rebasa por mucho nuestro deseo de comunicar información determinada y anticipa que debemos perseguir objetivos de provocar a nuestra audiencia tanto a nuestros objetivos comunicativos globales como a otro más indispensable: que nos voltee a ver. 

Los materiales deben proporcionar la información que necesitamos comunicar, pero deben hacerlo de manera amigable, divertida, entretenida y ante todo personal. En este contexto, el panorama se hace amigable para nosotros como intérpretes cuando encontramos autores que, con ya un buen camino andado en la producción de materiales interpretativos, nos brindan consejos muy prácticos. En este post, revisaremos algunos de los propuestos por Susan Cross, de un artículo publicado en la revista de la Association for Heritage Interpretation, publicada en el Reino Unido. 

Como antesala, habremos de imaginar que cada palabra debe tener un propósito específico. Mucho se ha referido acerca de que la gente no va a un museo a leer, sino a divertirse, y de paso, a aprender. En un museo o exposición, o en general en cualquier lugar donde instalamos paneles interpretativos, hay más que hacer aparte de leer, y hay tiempos óptimos de atención que las personas dedican a aprender algo nuevo (si se sobrepasa, por ejemplo, en museos, se genera lo que ha sido referido como fatiga de museo). Si a eso añadimos que muchísimas personas no tienen el hábito de la lectura, tenemos suficientes argumentos para reconocer que hemos de seleccionar muy bien las palabras que imprimiremos, han de tener sentido y función clara y específica. Hemos de pensar de una manera muy ahorrativa, casi al extremo. Cada palabra tiene un costo, y debe estar plenamente justificada. “Haz que tus palabras trabajen”, dice Susan Cross.

La primera recomendación casi siempre, y no solamente en el ámbito de los paneles sino de todos los materiales que producimos, está en poner atención en el título. “El título es vital”, dice Susan Cross, porque permiten que el público tome por primera vez (la primera de muchísimas), si sigue estando con nosotros o si se va a otro lugar, recordemos, no solamente físicamente, sino mentalmente. 

Este panel ubicado en la zona arqueológica de Tulúm tiene información interesante para el público… ¿consideras que hay algo que podría mejorar? Foto: A.Jiménez, 2019.

Lo que en nuestra experiencia se ha hecho cada vez más evidente es que el título ha de cumplir tres funciones básicas: Llamar la atención de la gente que va pasando por ahí; provocar curiosidad por seguir leyendo, e introducir la información que queremos proporcionar. Seguir la regla máxima: usar pocas palabras, es vital. 

Una recomendación sale a colación en el tema de los títulos, y es que, a pesar de que muchas veces nos sintamos tentados a utilizar el humor, las más de las veces lo que es gracioso para unas personas puede no serlo para otras, llegando a extremos en los cuales puede ser incluso ofensivo para algún sector. Lo mismo aplica para el uso de rimas, dichos que aparentemente son de conocimiento universal y no, son totalmente culturales y con ello absolutamente limitados a un grupo de personas. Esta circunstancia hace que otro gran grupo esté excluido y peligrosamente, si también es alguien a quien queríamos dedicarle el mensaje principal, le estemos poniendo una traba para que le llegue. 

En el título se puede hacer uso de recursos diversos, y uno de ellos es el hecho de que no necesariamente debe componerse exclusivamente de palabras. De hecho, deseablemente el panel debe complementarse con una adecuada composición de imágenes y diseño gráfico, todo con un afán de reforzar lo que se quiere comunicar. Ambos: El título y la imagen, es lo primero que nuestro público verá.

Susan Cross nos recuerda algo importante sobre el siguiente elemento: Los subtítulos son importantes, y nos remiten a algo que está siempre haciendo nuestro público (por supuesto, una vez que ya tomó la decisión de continuar). Las personas, típicamente, seguirán probándonos, sondeando si vale la pena seguir o no con nosotros. Entonces, aprovechará el subtítulo para hacer una especie de escaneo, que le permitirá saber si la información sigue siendo atractiva e interesante. Los subtítulos nos ayudan a seguir provocando la curiosidad, al tiempo que van dosificando un poquito más de información.

Nuestros usuarios siempre van a agradecer las jerarquías de texto e información.

El cuerpo del panel, ahora sí, complementa y responde a las curiosidades que despertaste al inicio. Ello, sin olvidar que siempre estamos buscando la interacción -física y mental- de la audiencia. A veces queremos que voltee a ver algo, a veces que piense en algo, a veces que haga algo. Por ello, el uso de preguntas es un recurso de gran utilidad. Preguntas, valga la pena reiterar, que a la gente le interese responder y de las cuales cuente con elementos para responder. De hecho, la respuesta que se puede desprender en la mente de tu visitante puede ser la plataforma de una controversia entre sus propios pensamientos y los que podrían resultar distintos, a veces impresionantes, que son los que tú le puedes proporcionar. 

Un último comentario, también extraído del texto de nuestra autora: Hemos de asumir que la gente no leerá todo lo que escribas (claro, aunque duela), y por eso habremos de jugar con tamaños o colores de letra cuando queramos resaltar algo particularmente importante, sin abusar de este recurso por supuesto.

El tamaño del texto, para el caso de paneles exteriores, es otro tema de interés, y una de las recomendaciones más recurrentes es que tengan alrededor de 200 palabras. Cuidar la distribución, reconocer que el público continuará leyendo solo si va resultando interesante y provocador para consumir el siguiente nivel. 

De esta manera, encontramos en la producción de paneles informativos dos grandes retos: Que la gente los lea; que la gente interactúe consigo mismo y con su entorno.

Referencias:

Cross, Susan (1998) The Tip of the Iceberg, Journal of the Association for Heritage Interpretation, vol 3n no 1: January 1998. Outdoor Interpretive Panels.