Aprender es más complicado de lo que parece

Historias en arte aborigen. Museo de South Australia. Foto: A.Jiménez (2012)

Aprender algo nuevo es algo que mantiene a la gente activa, y a sentir la vitalidad al percibir el movimiento en el proceso. Los humanos siempre estamos aprendiendo, aunque a veces buscamos ese nuevo aprendizaje de una manera más consciente. 

A ello se suma una característica de nuestro tiempo. Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento, en un momento histórico en el cual estamos generando más y más información, y con ello, más conocimiento está al alcance de una mayor cantidad de gente. 

En el mismo momento, hay muchos espacios que se crean para acercar a la gente a ese conocimiento, como los museos o las exposiciones temporales. Todos estos son espacios que invitan a acercarse, a saber más, provocando este acercamiento de la gente sólo por el placer de aprender, de conocer algo nuevo. 

Sin embargo la ecuación no está completa. Sabemos bien que no basta con que exista la información y la gente, enfrentados cara a cara. Y ese punto es uno que ha llamado la atención de investigadores que dedican su vida a entender cómo es que aprende la gente algo nuevo, sobre todo a partir de una provocación al aprendizaje.

Diseñar un museo o una exposición es buscar que la gente aprenda algo. Es incitar a las personas a que abran su mente, a que dispongan de su ser para conocer algo que alguien piensa que vale la pena que se sepa. Cuando menos, esa suele ser la intención. Pero del dicho al hecho… hay mucho trecho. 

Aprender, o más bien, el aprendizaje, dista muchísimo de ser algo tan simple como eso. Algunos investigadores especialistas en pedagogía y en psicología cognitiva han hecho interesantes aportes en este sentido. Aquí va uno de ellos, que de vez en vez merece la pena recordar, sobre todo cuando tenemos la ilusión, como intérpretes, de que estamos dando un conocimiento relevador, único, auténtico y fácil de digerir. 

Gente leyendo materiales en el Museo Venustiano Carranza, CDMX. Foto: A.Jiménez 2018.

La pertinencia de esto es abrumadora, sobre todo cuando reconocemos que una enorme cantidad de programas interpretativos tienen un énfasis absoluto en la declaración de un mensaje (o statement, como podríamos referirlo en inglés), que ofrece una postura tajante acerca de un hecho o de un fenómeno; que describe y somete (o busca someter) ese conocimiento en la mente de las personas tal como se emite.

Por eso hay que recordar, siempre, que del dicho, lo que nosotros presentamos, al hecho, lo que la gente procesa en su mente, es en donde está el verdadero trecho. Falk, Dierking y Adams, autores de un artículo que se llama Living in a Learning Society: Museums and Free-choice Learning (Viviendo en una sociedad de conocimiento: Museos y Aprendizaje de libre elección), dicen, simple y llano: Cada persona tiene su propia agenda para aprender. Y no solo eso, cada aprendizaje es absolutamente contextual.

Lo que refieren aquí viene de otro texto publicado en 2008, un libro clásico llamado The Museum Experience, que explora cuáles son los elementos que intervienen en el momento de aprendizaje. Allí refieren a que lo que se aprende está completamente mediado por tres tipos de contexto: El contexto personal, el contexto social y el contexto físico de las personas. 

El modelo de aprendizaje interactivo en el museo de Falk y Dierking, 2008

A ello se suma una cuestión más, de vuelta al primero de los artículos mencionados, y es que cada quien aprende, casi siempre, aquello sobre lo que quiere aprender algo. Los autores llaman a esto un aprendizaje de libre elección, que está, dicen ellos, intrínsecamente motivado sea porque quieren o porque deben aprender tal o cual cosa. Por supuesto que en el proceso se atraviesa un montón de información, que incluye las noticias, el internet y cualquier información que venga por cualquier tipo de vía. 

Es por ello, dicen los autores, que hemos de cambiar nuestras perspectivas acerca del aprendizaje en los museos. Hay que cambiar el enfoque y sobre todo hay que entender cómo funciona el aprendizaje, y para ello, mencionan cinco características que debe cumplir cualquier investigación sobre el aprendizaje en museos:

  1. Debemos permitir que emerja la agenda individual de aprendizaje de las personas. 
  2. Hemos de incorporar el elemento de “tiempo” en el aprendizaje: Éste no tiene por qué ocurrir exactamente al momento de visitar el museo, ¡puede ocurrir mucho tiempo después!
  3. Respetar que el aprendizaje siempre está situado y es contextual (como está dibujado en el diagrama arriba).
  4. Hemos de ser abiertos al hecho de que existen muchas posibilidades de aprendizaje con base en un solo programa. 
  5. (Hablando en términos de investigación), hemos de enfocarnos más en la validez que en la viabilidad. 

¿A qué nos lleva todo esto?

Nosotros, como intérpretes, hemos de ser muy conscientes de que cada persona va a llevar algo cualitativamente distinto de lo que nosotros preparemos para ellos. Sin embargo, esta circunstancia no nos ha de merecer una suerte de pesimismo al grado de pensar que no vamos a llegar a ningún lado por más que planeemos bien nuestra receta comunicativa.

Al contrario: El cambio, pienso yo, está más bien en el tipo de objetivos que nos planteamos al momento de presentar la información. Cobra sentido dejar de pretender que la gente va a pensar como nosotros queremos que piense; pero tal vez sí podemos pretender que queremos que la gente reflexione sobre algo, permitiéndonos reconocer que cada quien sacará sus propias conclusiones. 

Esta es una posibilidad, entre otras que se nos pueden ir acercando conforme vamos experimentando en la planeación de la interpretación. 

Referencias

Falk, John H; Lynn D. Dierking; Marianna Adams “Chapter nineteen. Living in a Learning Society: Museums and Free-choice Learning”

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