Una Tonelada de Juguetes (Primera Parte)

Había una vez un juguete abandonado, y otro, y otro más. Resultó que esos juguetes dejaron de ser relevantes para los niños (obvio, es la “crónica de una muerte anunciada”). En la mayoría de los casos, esos juguetes transitaron por el proceso de uso y reúso hasta que, generalmente, ya fuera enteros o rotos, funcionales o descompuestos, fueron deshechados por completo.

Museo del Juguete Antiguo de México, Ciudad de México. Foto: A.Jiménez 2019.

En el camino, hubo también una persona que pensó que sería buena idea coleccionarlos. Por gusto y por curiosidad, se fue llenando de juguetes y evidentemente fue conociendo gente que hacía lo mismo. Fue tal la cantidad de juguetes, que se impulsó la idea de presentarlos a la gente, como algo que valdría la pena dar a conocer. 

Para hacerlo se compraron estantes, algunas vitrinas, se clasificaron los juguetes por grandes categorías, seguramente se recibieron donaciones de más juguetes, y se amontonaron (perdón por la expresión, porque es la imagen que me golpeó cuando lo visité por primera vez). Ello, para posteriormente abrir las puertas a la visita pública del lugar en donde se albergaban. 

Aunque desconozco la historia real de este museo (y anticipo que lo que presento no tiene un sustento histórico fundamentado), imagino que no fue muy distinto lo que originó la idea de construir  el “Museo del Juguete”. El día de hoy, la gente, motivada por el nombre del museo, suele llevar a sus niños y transitan por pasillos y pasillos, estanterías y vitrinas repletas de juguetes. 

La idea de presentar la colección al público suena no solo buena, sino por demás interesante e incluso necesaria. El producto que se presenta, sin embargo, provoca reflexiones críticas porque se aprecia que no está suficientemente aprovechada, tiene una museografía pobre y serias carencias en términos de comunicación estratégica. Sinteticemos lo dicho: No es lo mismo un museo, como concepto que involucra experiencias, información y deseablemente emociones, que una lugar que exhibe una colección de objetos. 

El antecedente a la exhibición de colecciones lo encontramos mucho tiempo atrás. En México (o antes, en la Nueva España), contamos con un histórico ejemplo: En el siglo XVII, Don Carlos de Singuenza y Góngora, gustó también de coleccionar objetos, aunque muy distintos a los presentados párrafos atrás. 

Entre su colección se encontraron documentos y objetos (de colecciones botánicas, mineralogía y arqueología), siendo considerado, por cierto, uno de los primeros acumuladores de objetos antiguos.

Museo Nacional Mexicano. Imagen tomada del sitio web del Museo Nacional de Antropología. https://www.mna.inah.gob.mx/historia_detalle.php?id=5.

Su colección, tras el paso de muchos episodios de la historia de México, algo tuvo que ver con la historia de los museos de antiguedades que muchísimo tiempo más tarde derivaron en el tan conocido Museo Nacional de Antropología. Pero paremos atrás en el tiempo, por mediados del siglo XIX, en aquel momento en el cual el objetivo era simplemente exhibir los objetos en un afán de que la gente los viera.

La historia de los museos parece arrancar, en muchas de las crónicas contemporáneas, con este momento en el cual se comenzaron a exhibir colecciones. Se considera una cuestión valiosa en su contexto, aunque también se reconoce que los museos han desarrollado grandes transformaciones cambiando, hoy en día, el concepto y la experiencia de visita a estos espacios. Sin embargo, parece ser que algunos museos no han cosiderado aún pertinente (lo que nosotros consideramos urgente), dar ese gran paso que permitiría aprovechar esas colecciones para fines altamente relevantes. 

Reconocemos, ciertamente, que coleccionar es un punto de partida para la gran mayoría de los museos. Presentar los objetos parece ser un consecuente, aunque a mi humilde parecer, el Museo del Juguete deja mucho que desear. Si bien su nombre inspira a la nostalgia, a la memoria, al compartir con las nuevas generaciones la forma en que se divertían los niños en el pasado, a revivir y a compartir el pasado, la experiencia del visitante está lejos de cumplir con estas expectativas.

La propuesta a que referimos, sumada a la necesidad de aprovechar metodologías y teorías comunicativas, es que los objetos culturales, sean muy antiguos o apenas en desuso por generaciones anteriores a la que vivimos actualmente, tienen un enorme potencial para hablar del cambio y de la diversidad humanas. Pueden ayudar a vernos, a reflexionarnos acerca de quiénes somos.

Con los juguetes, lo que ni los familiares de estos niños consideraron, y con seguridad ni ellos mismos, es que estos serían importantes no solamente solamente por las risas y los llantos efímeros que provocaron, sino por todo lo que, después de tan abruptos cambios sociales ocurridos en tan pocas décadas, nos representan contrastes en los conceptos de niñez, diferentes en cada momento histórico, contrastantes en cada cultura.

Aunado a ello, ¿quién no quisiera compartir el sentimiento de alegría que provocaban ciertos juguetes con nuestros niños? Los museos de objetos culturales son pretextos para hablar acerca de cómo vivía y cómo vive la gente, y eso es algo que siempre debemos tener en mente cuando desarrollamos proyectos de interpretación. 

Así, vemos que de una “colección de objetos sin chiste”, se pueden desencadenar proyectos que ayudan a generar experiencias memorables y significativas. Si reconocemos que lo que debe guiar la experiencia es la propuesta de un mensaje con objetivos concretos (de aprendizaje, emotivos y de acción, recuperando a Veverka), entonces podemos encontrar otras opciones que la simple exhibición de artefactos.

Color, una exposición del Museo del Objeto (MODO). Fotografía: A.Jiménez 2019.

Resultó ser que de mi no tan inspiradora visita al Museo del Juguete de la Ciudad de México, llegué ese mismo día al MODO, el Museo del Objeto, en la misma ciudad. Justo en este lugar encontré la respuesta que encajaría perfecto a un lugar como el precedente. Tener una colección de objetos es el inicio, pero de ahí, hemos de ver qué potencial tenemos con esos objetos para hablar de historias, para emitir mensajes interesantes y divertidos. Ello, sin olvidar la lista de principios que nos dicta la interpretación. 

El MODO realiza exposiciones temporales sobre temáticas distintas, y para celebrarlas las soporta por colecciones de objetos. Mi experiencia fue la exposición sobre el color. En el interior se desarrollaron temas particulares que justificaron la presencia de botes de pintura antiguos, de modas de ropa, de cuadros, de gises y acuarelas, de patrones de dibujo publicados en libros, entre muchísimos otros objetos, predominando por supuesto aquellos producidos a mediados del siglo XX. Al hojear el libro de comentarios noté que la exposición fue un éxito, aparentemente la gente salió muy inspirada por el manejo del tema y no paró de hablar de cómo el color está presente en su vida.

Desde mi punto de vista, un poco de interactividad habría cerrado perfectamente el ciclo, y esa parte sí quedó un poco a deber. Sin embargo, el resto de la exhibición me dio la oportunidad de contrastar entre lo que es exhibir una colección tal cual, y pensar en qué se quiere y qué se puede decir con base en ella. 

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