Veo; pero también oigo, huelo, degusto, siento y me muevo (mensaje de tu público)

Mucha de la comunicación que se realiza sobre patrimonio tiene un enorme componente visual. A veces es tan difícil para quienes estamos absolutamente habituados a ver, desprendernos de la idea de que esta es la única posibilidad.

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Réplica de La Gioconda con texturas para ser tocada. El Prado, Madrid.
Cortesía: https://time.com/3708399/blind-art-mona-lisa/.

Ver, oír, tocar, oler y degustar…: ¡He ahí el reto! El principio de todo ello radica en que los seres humanos recibimos información, básicamente, por todos lados. Por supuesto, que históricamente nos hemos hecho cada vez más visuales y reaccionamos mucho ante los estímulos en este sentido, no hemos de olvidarnos que hay mucho más por aprovechar. 

Como antesala, reconocemos que la práctica común es la de presentar objetos para ser apreciados a través de la vista, con apoyo en textos presentados con componentes de diseño gráfico. La secuencia de visita de museos, por decir un ejemplo, históricos y arqueológicos, se da generalmente con apoyo en vitrinas o capelos, que bien justificadamente protegen a objetos de múltiples posibilidades de daño o incluso de robo. 

El problema se asoma cuando comenzamos a hablar de “exclusión”. Por supuesto que este gran reto es afrontado de manera más focalizada por museógrafos que atienden a gente con discapacidades -fundamentalmente visuales-. Se han desarrollado, para tal efecto, alternativas en el marco de lo que ha sido denominado “museos incluyentes”, que presentan objetos para ser reconocidos, por ejemplo, a través del tacto, ¡incluso en el ámbito de la pintura!.

Este es, sin duda, un gran e importante paso. Lo que valdría la pena reflexionar, de manera paralela, es que la gente debería tener acceso a información importante utilizando distintos sentidos aún si no está en condición de contar con una discapacidad física o motora. 

¿A qué va todo esto? En principio, a reconocer que dentro de nuestra diversidad, si bien la mayoría podemos ver, hay gente que tiene una mayor respuesta significativa ante un reactivo sonoro, olfativo, táctil o gustativo. Es más, si se presenta información que ingresará en su mente a través de distintos sentidos a la vez, estaremos más cercanos de provocar experiencias más profundas.

Si nos valemos de un ejemplo, pensemos en las salas de cine “4D”, en donde se “nutre” la experiencia visual con olores, movimiento de las butacas, sonidos complementarios, humedad e incluso objetos que se mueven y tocan físicamente al espectador. El consumo de estos productos se anticipa como algo mucho más interactivo en el ámbito de la experiencia física, y con ello, posiblemente también se convierta en algo más memorable. 

En el museo de Burra, en Australia, la gente se asoma ante lo que dice “alguien” abajo del tiro de esta mina. Es una bocina (se usa el oído), y lo que promueve el programa es que la gente se asome a escuchar a un hombre que supuestamente está allí abajo.

En los museos y exposiciones también nos podemos valer de una serie de recursos. Evidentemente, con el cuidado de planear que la información que se recibe desde los reactivos dirigidos a los diferentes sentidos, sea coherente entre sí, consistente y cumpla con una función de reforzamiento del mensaje y de la experiencia que se busca generar. 

Aquí, la incorporación de uno de nuestros sistemas en la planeación de los programas de interpretación cobra vital importancia: El sistema motriz. Cuando los músculos, los huesos y las articulaciones de nuestra audiencia, en coordinación con el sistema nervioso reaccionan ante nuestros objetos y nuestras propuestas de actividad, podemos decir “te tengo”. En ese momento, la planeación cuidadosa nos hará llegar, deseablemente, a que esa acción realmente sirva para reforzar nuestro mensaje o la intención del discurso que engloba nuestro programa. Evidentemente, habremos de cuidar que el fin de la acción promovida no sea la acción misma, sino que ella nos ayude al logro de objetivos más profundos. 

Vida social en México
El INAH, en México, promueve talleres para niños en los cuales hacen objetos inspirados en diseños prehispánicos.
Cortesía: www.inah.gob.mx.

De ahí derivará la gran diferencia entre una experiencia que termine en algo como “me divertí mucho porque corrí / me mojé / pinté / hice una máscara / etcétera”, y un “aprendí a qué jugaban los niños en el pasado / aprendí cómo eran las máscaras de tal cultura”. Sin duda, una gran preocupación de intérpretes es lograr este balance, que es el de la acción motriz y el aprendizaje significativo. De ahí que la cuidadosa planeación sea nuestra gran aliada. 

Encuentro en este sentido algunos ejemplos muy interesantes, y dignos de replicar. Entre los talleres que existen, un interesante recurso, y muy didáctico ciertamente, son los cursos que oferta el Instituto Nacional de Antropología e Historia en verano, así como sus complementarias actividades en el sistema de Servicios Educativos. En estos espacios, los niños hacen diversos objetos al tiempo que se les proporciona información sobre las culturas antiguas y el México Antiguo. Los ejemplos que más han llamado mi atención han sido los generados en el Museo Nacional de Antropología y en el Museo del Templo Mayor, aunque ciertamente hay otros ejemplos distribuidos a lo largo y ancho del país. Sin lugar a dudas, el público infantil se ha posicionado en la historia reciente como el principal consumidor de talleres en donde lo que se promueve es el “hacer”.

En vinculación con ello, existen, sobre todo en España, museos en los cuales se promueve la fabricación de objetos “a la usanza del pasado”, con base en información no solamente histórica sino también arqueológica. La “arqueología experimental”, aquella que realiza objetos en el presente con materiales y tecnologías del pasado, resultan no solo en un mecanismo de investigación, sino una poderosa herramienta de divulgación. En algunos colegios, ya no solamente para niños pequeños, se promueve la participación de jóvenes para este tipo de actividades. 

En tercer lugar, y ya para concluir, me refiero a un servicio que ofrecen muchos museos y compañías privadas fundamentalmente en Europa (o es allí donde más las he encontrado, seguramente habrá en otros contextos). Se trata de las “cenas históricas”, preparadas en el contexto de museos históricos que ofrecen lo que se conoce como Interpretación Viva (living interpretation), un término sobre el cual volveremos en otro post. 

Lucy
Las “cenas históricas” son excelentes recursos para hablar de la vida cotidiana del pasado.
Cortesía: Living History Farms, www.lhf.org.

En estos espacios, que se convierten en experiencias integrales, los usuarios son “convidados” a una cena que ha sido preparada con apoyo en datos históricos, simulando que quien ingresa se transporta en el tiempo y en el espacio. Los muebles, la música, el ambiente y por supuesto la comida, son replicados a la información que previamente se ha recuperado de documentos históricos. 

Esta opción me parece especialmente interesante, dado que atiende a un tipo de público que por lo general no es considerado prioritario. Se trata de adultos, en primer lugar, a quienes se les busca generar una experiencia significativa. 

La moraleja final: Es importante reconocer cómo ingresa la información a nuestro cerebro de manera ordinaria, y adaptar nuestra información a ese complejo y poderoso sistema. No olvidar en el proceso, lo importante que es cuidar el balance entre entregar contenidos y promover acciones que comprometan el sistema motor de nuestros públicos. 

Visitantes… ¡Marchen!

La gente que asiste a museos, exposiciones, parques patrimoniales y lugares en los cuales desarrollas programas de interpretación es gente que se encuentra muy relajada. En efecto, no han sido entrenados como soldados para seguir una serie de instrucciones del tipo: ¡Entra! ¡No comas! ¡Camina! ¡Lee! y para terminar… ¡Responde a este examen!

Dentro de las actividades que instamos a nuestros visitantes está la de leer, proporcionándoles en ocasiones una suerte de “misión imposible”. Museo de la Ciudad de México, 2019. Foto: A. Jiménez.

Sin embargo, lo que encontramos en muchos lugares es una expectativa absolutamente rígida. El museo llega a ser visto como un lugar de enseñanza, casi como una extensión de un modelo escolar autoritario que insta a muchos a pensar en los contenidos del museo como “cosa seria”. En otras palabras, ante el imaginario que se “respira” en muchos museos tradicionales, el “Museo” es “El Maestro”, y los alumnos, que deben ser bien portados, son sus visitantes. 

El personal de custodia, en no pocos casos, no ayuda mucho a ver las cosas de manera distinta. Recuerdo mi participación en un famoso estudio de público realizado por el INAH allá por el año 2000 en el Museo Nacional de Antropología, en donde me tocó observar una escena: Entra un joven con la encomienda de hacer una tarea escolar. Se prepara para tomar notas y no encuentra dónde apoyar su cuaderno. Lo hace sobre una vitrina y al instante llega un oficial reprobando dicha acción. El joven se va, asustado, a otra sala, en donde ¿tal vez? sí pudo continuar haciendo su tarea. 

Hace poco tiempo, de igual manera, encontré en un famoso sitio arqueológico una línea de visitantes caminando conforme a la ruta establecida. Cuando un visitante se detuvo un poco y osciló en su ruta, un custodio, casi con voz de gendarme y sin mayor argumento que el deber, lo encaminó hacia la ruta autorizada. El visitante – soldado no tuvo otra opción más que la de obedecer.

A ello se suma otra variable, que ha sido analizada por especialistas en estudios de museos, que es el hecho de que lo que se presenta en un museo suele ser concebido como una suerte de “verdad absoluta”, un discurso que debe ser consumido, aprendido y aprehendido tal y como se presenta.

Los estudios de públicos constituyen una especialización a cuyos resultados y metodologías merece la pena recurrir para mejorar nuestros programas de interpretación. 1er Foro Presencial de Estudios de Públicos, mayo 2019. ENCRYM-INAH, CENIDIAP-INBA. (Detalles de la fotografía abajo)

En una publicación derivada de un estudio de públicos que asistieron a una exposición en el Museo Nacional de Arte hace ya varios años, Ana Rosas Mantecón y Graciela Schmilchuck nos hacen reflexionar acerca de cómo, en lo general, el discurso escrito del museo se integra a un marco de obediencia / desobediencia frente al cual los públicos que acuden reaccionan de maneras muy diversas. Con ello se suelen generar conflictos de autoridad porque, obviamente, a la gente no le gusta ser tratada como estudiante regañado cuando asiste a un lugar por motivos recreativos, o por el placer de aprender. 

Las asociaciones de autoridad son súper interesantes, y merecen tomarse en cuenta cuando queremos saber cuál fue el resultado final de una experiencia de visita en cualquier museo. Resultan interesantes porque de ahí deriva una serie de reacciones que de manera instantánea se generan consciente e inconscientemente en la mente y en las acciones de nuestros visitantes. 

Aquí, otro ejemplo, un tanto opuesto, que he vivido en espacios en los cuales he encontrado programas de interpretación que incluyen capacitación al personal que labora en estos lugares. Los museos y lugares patrimoniales abiertos al público en Australia, en lo general, me representaron una experiencia un tanto distinta en este sentido. No se trata solamente de generar discursos de divulgación del patrimonio más amigables, sino de abrazar una filosofía de ver por la gente que viene a ser inspirada por ese patrimonio. Para ello, otro ejemplo excepcional es la propia capacitación que brinda la Asociación Nacional de Interpretación en los Estados Unidos para un tipo de intérprete que es el que labora como parte del personal que recibe visitantes (no necesariamente guías), en museos y parques patrimoniales. 

En otras palabras, se trata de hacer de nuestros visitantes nuestros más preciados invitados. De anticipar qué podemos hacer para hacerlos sentir bienvenidos. Al ingreso, una sonrisa, una mirada cordial a los ojos, un buenos días, qué bueno que llegaste, seguido por una explicación acerca de qué gama de experiencias puede el visitante llegar a tener en ese lugar. 

La gente viene a conocer ese fragmento de patrimonio, pero no por el hecho de haber llegado deja su humanidad en el estacionamiento: Siempre tendrá necesidades fisiológicas, capacidades y limitaciones particulares, afinidades e intereses orientados hacia ciertos temas, objetos o lugares. Aunado a ello, habrá de reaccionar a su entorno social inmediato: Actuará distinto si viene acompañado de amigos, de familia, de niños y/o de gente mayor. Con todo ello, se generarán experiencias distintas, que nos hacen del universo de gente un conglomerado de grupos de visitantes. 

Las implicaciones en la manera en que pensamos cómo hacer nuestras exposiciones son brutales. Por un lado, nos obliga a pensar a la gente en términos de personas reales, aunado a que nos pone una alerta ante nuestra casi automática necesidad de decirle a la gente cómo es el mundo y cómo debe verlo. En efecto, ambas cuestiones asociadas con una relación de autoridad, de obediencia y desobediencia que debemos cuestionarnos en cada proyecto. 

Rosas Mantecón y Schmilchuck, en su texto, también nos hacen ver que parte de este fenómeno que se ha construido históricamente de la relación de los museos y sus visitantes es una reacción absolutamente derivada y construida culturalmente a lo largo de los años en cada visitante en particular. Con ello, encontramos distinta disposición de la gente a aprender a través de “esa” autoridad, representada, entre otras cuestiones, por la información que se presenta en los museos a través de cédulas, paneles, videos y la diversidad de recursos que suelen existir. 

Encontramos, entonces, que hay diversos tipos de lectores: lectores activos (que todo leen), lectores selectivos (que buscan solo contenidos específicos), y lectores en conflicto (estos últimos son los escépticos o los que piensan que se les está imponiendo un punto de vista). Aparece, además, un fenómeno que llamó mucho la atención y que las autoras retoman: ¡El miedo a no saber! y que provoca un miedo a ser descubierto, a ponerse en evidencia. 

De manera particular, yo he presenciado en contextos de museos de arqueología la actitud de adultos que, ante su desconocimiento sobre ciertos temas, inventan información a los menores que los acompañan o, en general, a gente con quienes tienen una imagen de autoridad de conocimiento en materia de lo que se exhibe en el museo.

Es un miedo, interesantísimo a reflexionar, a perder la autoridad entre la gente que lo acompaña. Las mismas autoras han propuesto algunas soluciones a este problema en específico, que es fomentar el papel de los mediadores, para liberar a la gente que asume que “debe” saber algo de esa terrible responsabilidad. 

Pensar en la gente de una forma más liviana es tal vez parte de la solución. Aceptar que los visitantes llegan a estos lugares por distintos motivos, dejar de asumir que deben llegar con un conocimiento fijo previo (y liberarlos de esa falsa concepción), es parte de lo que debemos trabajar para brindar experiencias de aprendizaje más memorables y significativas. 


Referencias:

Mantecón, Ana Rosas; Graciela Schmilchuck “¿Comunicar o someter? evaluación de dispositivos de interpretación de la exposición El Cuerpo Aludido (Muse Nacional de Arte, 1999)”, en: Revista Cuicuilco. Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Fotografía: De izquierda a derecha: Antonieta Jiménez, Susana Manjarrez (INAH), Ana Rosas Mantecón (UAM-Iztapalapa), Fátima Frustro (BUAP), Graciela Schmilchik (Cenidiap-INBA), Leticia Pérez (ENCRyM).