Si es humano, es mejor

Escribir para el gran púbico siempre es un reto, sobre todo para quienes nos hicimos académicos antes que intérpretes. Salir de nuestra zona de confort es una de las dificultades que vemos cada vez que queremos comunicar el resultado de nuestras investigaciones a los no especialistas. Sin embargo, lograrlo no es algo imposible: En las historias que contamos, debemos esforzarnos por hablar más de gente y menos de objetos; o más bien, presentar lo que hace (o hacía) la gente, apoyándonos en la información que sobre ella nos desprenden los objetos.

Museo Ixchel del Traje Indígena. Ciudad de Guatemala, muestra textiles basados en los que tienen representados las figurillas arqueológicas. Foto: A.Jiménez

Cambiar de “modo académico” a “modo comunicación” es un reto. Ciertamente, este no es un problema exclusivo de una u otra disciplina. En realidad, nos pasa a todos: Biólogos, arquitectos, historiadores… y arqueólogos. Pasamos años, a veces décadas, esforzándonos por escribir “serio”, en un lenguaje para nuestros pares. Aprendemos a hablar y a escribir en otro lenguaje que es realmente distinto y sofisticado, aprendemos también a nombrar procesos y fenómenos; y al escribir, cuidamos el rigor en la citación, en las formalidades de nuestros artículos y publicaciones diversas.

Sin embargo, al momento de compartir lo que sabemos, nos tropezamos. A veces olvidamos el tiempo que nos tomó comprender el significado de palabras que de tanto leerlas y escribirlas son parte de nuestra cotidianeidad. Decir “sistemas estructurales” para un arquitecto; “taxonomía” para un biólogo; “materia oscura” para un astrónomo; o “Estado” para un arqueólogo es fácil. Pero ¡ah!: ¿quién de estos especialistas me dejará mentir si digo que detrás de cada una de ellas hay enormes cantidades de información, propuestas, contradicciones y problemas no resueltos?

Sin que seamos conscientes de ello, al hablar con nuestro público “se nos salen esas palabras”, sin reflexionar acerca de todo lo que tuvimos que hacer nosotros mismos para integrarlas en nuestro bagage de conocimiento. Como arqueóloga e intérprete, he sido testigo de esta circunstancia con demasiada frecuencia. Una y otra vez reconozco discursos de colegas en los museos arqueológicos, quienes no escapan de la tentación de escribir describiendo objetos como si los estuvieran presentando a un interesado colega.

El detalle que se presenta en estos espacios es resultado de un modus operandi difícil de evadir. Si vamos a hacer un museo de arqueología: ¿a quién debemos llamar para que nos diga qué son y por qué son importantes las piezas? ¡A un arqueólogo o a una arqueóloga, por supuesto!

Esta persona, con la mejor de las intenciones, proporcionará lo que sabe, y auténticamente, lo que desea comunicar. Los aspectos de mayor importancia desde su perspectiva, serán producto de un proceso muy largo de investigación suya y de otros, de normalización de conceptos, de subir de un gran concepto a otro hasta llegar a una interpretación académica.

Desde su perspectiva, este académico estará haciendo lo que considera “debe ser de conocimiento de la gente”… Y seguramente en la mayoría de los casos así será. Esa interpretación es poderosa académicamente. Pero… ¿cómo hacemos para que esa relevancia sea eficiente también para el gran público?

La interpretación del patrimonio nos da muchas pistas y herramientas. De ellas, hablaré de una retomada por Ham en su libro “Interpretation. Making a Difference on Purpose”. Allí dentro encontramos un gráfico propuesto por Knockan en donde nos explica qué elementos son más atractivos para la gente:

De ellas, siempre he considerado que, de manera especial la primera nunca debe ser olvidada por quienes divulgamos a la historia, la antropología, la arqueología y cualquier otra ciencia social, sobre todo cuando presentamos objetos a nuestro público. Parece increíble, pero muchas veces se olvida que los autores de los objetos que presentamos los arqueólogos fueron hechos justamente por humanos, porque los presentamos como entes aislados del movimiento y de las dinámicas de las personas viviendo en sociedad.

Magdalena García, colega del Centro de Estudios Arqueológicos en El Colegio de Michoacán, suele criticar que en el discurso de varios arqueólogos, pareciera que los objetos tienen vida propia: nacen, crecen, se reproducen, se distribuyen, se reagrupan, se de “depositan” por sí solos. En el ámbito de diversas investigaciones, peligrosamente se desatiende el factor humano que ocasionó que los materiales estuvieran allí, en donde nuestros especialistas los encontraron.

Así, a la hora de presentar la información al gran público, se le dice que “se encontró un depósito de materiales funerarios en el subsuelo”, retándolo a que entienda no solamente qué es un depósito de materiales funerarios en el subsuelo, sino a que lo entienda sin considerar el hecho de que fue gente quien puso a su muerto en ese lugar.

“Si es humano, es mejor”, dice Knockan. En el discurso, hay que hablar más de gente y menos de objetos. Siempre he afirmado que los objetos son (o deberían ser), en realidad, un pretexto para hablar de la gente, y no a la inversa. Pero… ¿cómo lograrlo? ¿cómo, si como académicos hemos sido entrenados bajo un esquema muy distinto? En realidad, si contamos con información suficiente, esto no es tan difícil. Y ahora diremos por qué.

Cédula en el interior del Museo Popol Vuh, Ciudad de Guatemala. Foto: A.Jiménez

Me remitiré a un ejemplo de muchos que encontramos en museos arqueológicos. Al inicio del Museo Popol Vuh, en Guatemala, encontramos la referencia a un importante hallazgo, llamado “el Vaso de Princeton”, que ha sido descrito por su relevancia arqueológica. Su texto dicta:

“Una de las tradiciones pictóricas más representativas del arte maya lo constituye el estilo códice, llamado de esta forma por su similitud con la técnica de dibujo empleada en dichos manuscritos. El vaso de Princeton, uno de los ejemplos más destacados del arte maya, representa una escena palaciega en la corte del dios L, regente del inframundo. Este dios preside la escena sentado en su trono y es atendido por varias doncellas, mientras que, en la antesala al trono, encontramos a dos personajes decapitando a un cautivo con marcas de divinidad. Estos dos personajes han sido identificados como Ju’n Ajaw y Yax B’ahlam quienes se ocultan con máscaras para ser desapercibidos por los númenes del inframundo”.

Resulta evidente que este texto fue escrito por un académico especialista en el tema. Pero, ¿cómo hacemos para que éste se convierta en uno que hable más sobre la gente y menos sobre el objeto? ¿o mejor aún, para que hable de la gente a través de la información que desprende el objeto? Algunas claves para revertir el efecto académico pueden ser: 1) Piensa en las actividades de la gente que tuvieron que estar presentes para que ese objeto se hiciera; 2) Piensa en que cada frase encierra muchas historias de procesos que ocurrieron, siempre con la gente andando, caminando, haciendo. Si lo hacemos, podemos presentar un contenido distinto, que, pensando solamente en la información que tengo en esa cédula, podría ser una que hablara de:

  1. Los mayas dibujaban historias de su religión, a veces en papel o en otras en sus vasijas de cerámica.
  2. En esta vasija dibujaron a uno de sus dioses, el responsable del mundo de los muertos. Se trata del Dios L, y está sentado mientras lo atienden algunas mujeres.
  3. Sabemos que los mayas sacrificaban personas para los dioses. Por eso no es extraño ver aquí a dos hombres matando a un tercero que tiene un símbolo divino.

Ciertamente nos falta un ligero complemento, algo de información que nos ayude a redondear un especialista. ¿Tal vez algún dato complementario que también podríamos complementar? Sin embargo, la idea es simple: Hay que presentar la vida de la gente a través de los objetos. Eso, en conjunto con un plan de interpretación integral, puede ser mucho más poderoso para emitir nuestros mensajes.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *