Ejemplos a seguir: Museos del pasado reciente

Costumbres y tradiciones en proceso de extinción, cuando no extintas, es lo que se puede encontrar en los museos del pasado reciente. Con el auge de los ecomuseos, los museos comunitarios y los museos etnográficos, la gente del presente tiene acceso al conocimiento de la vida de sus propios abuelos y bisabuelos. 

Fabricación de madreñas. Museo Etnográfico del Oriente de Asturias. Foto: A.Jiménez – 2018.

En estos espacios podemos encontrar testimonios de gente que no hace mucho tiempo vivió en los lugares que ahora, ante sus ojos, son irreconocibles no solamente por la introducción de construcciones distintas a las que en su momento eran tradicionales, sino también por las formas de vivir y de pensar de la gente.

Este tipo de museos son una ventana al pasado, pero guardan, a diferencia de otros más lejanos en el tiempo, un enorme poder de conexión con sus visitantes, porque tienen implícito un sentimiento de nostalgia y de toma de consciencia de que es un patrimonio recientemente perdido. Al recorrer uno y otro, se hace visible el efecto de nuestra forma de vida en contraste con la riqueza y la diversidad, con increíbles adaptaciones y aprovechamientos del entorno local.

El sentimiento es aún más entrañable cuando se es parte del proceso de su formación. Entrevistar a gente y hacerla partícipe de la donación de objetos, hasta ese momento abandonados, es revivir recuerdos y emociones sobre algo que, por más esfuerzo que se haga, nunca volverá a existir.

La visita al Museo Etnográfico del Oriente de Asturias en Gijón, España, me permitió asomarme a una cotidianeidad “hermosamente local”, si con ello puedo expresar el sentimiento de asombro que como extranjera tuve al entrar a una casa que fue habitada durante el siglo XIX, con una colección de objetos propios de la época.

Museo Etnográfico del Oriente de Asturias. Foto: A.Jiménez-2018.

De la colección, que no hace falta ser sabio para imaginar que fue producto de un proyecto en el cual participó gente de la localidad, se desprendieron explicaciones temáticas muy bien logradas. A través de ellas pude identificar rutinas sociales de ese pasado tanto en el ámbito doméstico como en el de la economía regional: La fabricación y uso de madreñas, unos zapatos de madera que se usaban para andar fuera de la casa para potegerse del frío extremo invernal, y que al ingresar a ella se dejaban a la entrada de la puerta para quedarse sólo con un calzado de algodón; el uso de trastes y de vajillas de peltre, con tamaños, formas y funciones algunos conocidos y otros desconocidos por mí; el oficio de fabricación de tejas con las firmas de sus autores, acompañado de fotografías de gente haciendo ese trabajo y enriquecido con testimonios “en primera persona”.

“En la tejera, que estaba casi siempre situada en un paraje solitario (…) acampábamos y construíamos una choza de adobe, con una sola entrada y sin ventanas. A lo largo de la pared plantábamos un camaranchón, una especie de pesebre del ancho de un hombre acostado. Era nuestro dormitorio. Allí nos acostábamos todos en fila, como cadáveres después de una gran catástrofe, sobre un somero mullido de paja y con nuestras mantas y sacos encima”

Para hacer la mantequilla, la leche se metía en el cuero de las cabras. El acierto de los intérpretes fue reforzar la información con una fotografía de la época. Museo Etnográfico del Oriente de Asturias. Foto: A.Jiménez – 2018.

La producción artesanal de queso de cabrales (un queso azul), mencionando cómo lo hacían y en dónde se dejaba reposar para lograr que el hongo roquefort se instalara y le diera el color y el sabor propios. Para saber cómo se hacía la mantequilla, escribieron una suerte de “receta” que se complementó con fotografías del pellejo de las cabras que servían como contenedores del proceso. Las mujeres cosían la piel y una vez obstruidos los posibles canales de fuga, vertían la leche con su nata. Tras un tiempo, por un orificio dejaban salir parte de la leche y el resto se agitaba hasta formar la masa de la manteca. Las fotografías antiguas y las recreaciones modernas ayudaban a entender el proceso.

En la exposición también se dio un espacio a la elaboración de la tradicional sidra asturiana con la maquinaria allí a la vista, también con fotografías y testimonios a la vista. En su conjunto, estos materiales nutrieron el conocimiento sobre la relación entre economía, cultura y tradición, todo ello, adaptado a un ambiente natural y a las características propias de los veranos calurosos y los inviernos extremos.

Cuestiones tan normalizadas el día de hoy, como lo es la adquisición de colores sintéticos, fueron revalorizados aludiendo a la procedencia de cada uno de los colores que se utilizaban en los textiles. Cebolla morada, corteza de abedul, cáscara verde de las nueces, grana cochinilla y el añil fueron solo algunas de las fuentes de color mencionadas, por supuesto, al lado de un telar.

A mi gusto, este tipo de museos nos acercan a la gente de la pasado de una manera muy impactante y cumplen con funciones que ya en el ámbito de los estudios en patrimonio cultural, resultan fundamentales: A través de ellos se conecta a la gente local con su propio pasado, se revaloran usos y costumbres, se fomenta el evitar su extinción, y se entrega de una manera más consciente a las futuras generaciones.

Una escena en la foto, de mujeres lavando, con objetos puestos en contexto para una mejor comprensión de la forma con se realizaba esta actividad. Museo Etnográfico del Oriente de Asturias. Foto: A.Jiménez.

Para los foráneos, asistir a estos museos se convierte en una experiencia súper interesante, que, entre otras cuestiones, nos permite valorar a “los de adentro” desde una forma muy diferente, respetar su historia, sentir orgullo por conocerla (aunque sea un poco), y apoyar su supervivencia y su fomento a través lo que implica insertarla en el mercado de la industria turística.

Los museos etnográficos de Asturias son un buen ejemplo a seguir. De hecho, el que presento no es el único. El que he referido es parte de la Red de Museos Etnográficos de Asturias, que inició como proyecto en 2001 y que ya suma 14 en total. Entre ellos se encuentran experiencias para conocer “lo local” en temas como la producción de sidra, la vida cotidiana en el contexto de costa marítima, así como en el bosque; la ganadería, la diversidad de oficios en Asturias, entre otras cuestiones.

Los museos comunitarios, ecomuseos y etnográficos son un recurso de altísima importancia que nos permite situarnos en nuestro contexto, respetar nuestra propia historia, la historia de otros, y valorar la cultura desde una perspectiva más consciente. Los de Asturias son algunos de los que hay en el mapa, pero aún contando los que hay a nivel global, constituyen, como proyecto, una de las tareas pendientes de muchísimas localidades.

Los intérpretes tenemos un enorme campo en este sentido, porque ciertamente, como ocurre en todos los proyectos museísticos, el resultado puede ser muy bueno, como fue el caso afortunado que visité, aunque también, sin una planeación y aplicación de técnicas adecuadas, pueden ser deficiente en el logro de la transmisión del mensaje más importante, que es valorar la cultura y el patrimonio locales.

 

 

 

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